viernes, 18 de septiembre de 2026

El dildo. Qué le sucede con su dildo

El dildo... ¿Qué le sucede con su dildo?
No soy de usarlos, tener juguetes sexuales, digo;
me parecía muy sofisticado,
me resulta para nada familiar.
Pero para uno de mis cumpleaños,
mis amigas me lo regalaron. No digo
que nunca lo usé,
no soy tan prejuiciosa:
tres o dos veces por semana,
cuando estaba aburrida.
Pero nunca fue lo planeado.
El dildo estaba ahí, en un cajón
o un estante arriba de una repisa;
pero nunca pensé en él en las horas del trabajo,
o cuando salía a tomar algo y volvía tarde.
Pero eso con el tiempo, fue cambiando.

Empecé a recibir mensajitos de texto
de números extraños:
«¿Y cuándo vas a venir?»,
«Te extraño en la cama».
Cosas así, tan locas como impensadas.
No me dejaba salir tranquila.
Había un silencio extraño,
incómodo, cuando volvía al otro día,
por la mañana.
Lo empecé a hallar donde no lo había dejado.
Escuchaba golpes en la puerta
cuando estaba dentro del baño,
o se encendía la TV en horas más extrañas.
O cuando me acostaba a medianoche,
media borracha, despertaba
con él dentro de la enagua.

lo más extraño empezó a suceder
cuando recibía visitas,
o venía mi madre, o caían mis amigas,
de impreviso por casa:
el dildo aparecía de pronto en el piso,
en el suelo de la cocina,
arriba de la mesa como si estuviese leyendo la Biblia,
o sentado en una silla.




miércoles, 16 de septiembre de 2026

Para finalizar, una última pregunta

Para finalizar, una última pregunta,
así no le interrumpimos más Dr., su siesta veraniega:
¿los crotos se enamoran?
Los crotos no tenemos tiempo para enamorarnos.
Entre atardeceres y mates,
la vida se nos pasa mirándonos
para adentro.
Pero usted se enamoró alguna vez,
quizás en su juventud,
ya no la recuerde.

La vida es incomprensible, sabe.
Fíjese que uno nace
para morirse.
Y uno nace de una madre
y no de un cactus
o de un rincón de la tierra.
Sería distinto si así fuese,
pero uno nace de una madre.
De dos que una vez estuvieron juntos,
enamorados.
Y uno es uno, siempre va a ser uno,
hasta que la vida se acabe,
hasta que el paisaje se nos termine.
En ese andar en nosotros,
es una espina con la que uno debe lidiar.
De tanto andar, uno se va acostumbrando
a renguear, a ese andar rengo,
y ese dolor de tanto estar con nosotros
se nos vuelve una compañía.
En esa incomodidad se nos forma un callo,
casi un rasgo en nosotros,
como lo es un acento,
la forma de mirar el mundo.
¿Y a usted, señor periodista, le pagan por esto?




lunes, 14 de septiembre de 2026

Este parque de diversiones

Este parque de diversiones
no lo mueve el lucro.
Si cada sonrisa de niño nos llena
nuestras arcas vacías.
Niños que vienen con sus padres,
y cada sonrisa nos cuesta
una vuelta al mundo,
un peluche gastado,
una docena de globos
o un mono a cuerda con pandereta.

Pero esa no es solo la gran
dificultad que tiene este parque.
Lo malo de estar aquí
es que no se tiene horario
ni descanso.
Y no se le puede decir que no
a un niño que se queda llorando
porque le duele la panza,
porque no tiene remedios,
porque su madre no trabaja,
su padre nunca está en casa,
porque no tiene abuelos ni nana.

No importa la hora que es,
siempre de algún lugar están llegando
personitas rotas, niños desilusionados.
Hay que poner otra vez
el agua para calentar los fideos.




viernes, 11 de septiembre de 2026

Crototurismo

Crototurismo: los únicos
que no dejamos huellas,
ni de ómnibus ni de aviones,
y mucho menos de carbono.
No aumentamos los precios
de los hoteles ni de las fondas;
incursionamos por el paisaje
sin dejar huellas.
Salvo la de la mortadela
y la del vino en caja.

Sabedores de atardeceres,
degustadores de silencios,
andamos siempre por la orilla,
nunca incursionamos por el centro.
Nos espantan los perros ajenos.
Ir a la costa un fin de semana
es para nosotros
como comer mal, poco y apurado.

Un viaje así nos toma,
como mínimo, un mes o seis semanas,
solo para ir a conocer el romance
de las olas con la playa,
escribir unas palabras en la arena
y recoger unos cantos rodados
para traer de recuerdo a la familia.

Ya lo saben: crototurismo.
No es que estemos en contra del ocio
ni de las empresas de turismo,
sino de que lo mercantilicen,
le pongan un precio a todo.
Eso de que nada es gratis
no va con nosotros.




miércoles, 9 de septiembre de 2026

La gente que vive sola

La gente que vive sola
muere y deja su casa,
un cascarón vacío
como una concha de mar
en la playa.




lunes, 7 de septiembre de 2026

Hace mucho

Hace mucho tiempo atrás,
si es que hay un adelante y un atrás
en el transcurrir del tiempo;
si es que no damos vueltas
cómo saber, en qué parte del círculo
estamos girando.
Que duele a la memoria recordarlo.

Había una valla hace mucho
que separaba un huerto de la calle,
y detrás del huerto, una casa.
En esa valla de alambre tejido
había un cartel que, después
de aprender a leer,
supe entender lo que decía.
En letras pintadas,descoloridas,
por el sol,
decía en rústicos versos:
«Cuidado, ninfómana.
Mantenga a sus niños alejados
o presos».
Todo esto adornado con abejas y flores
blancas de cinco pétalos.
En esa casa vivía una bruja;
seguro que se comía a los niños,
previamente rellenarlos
con confites y chocolates.

Fue que en una de esas tardes,
por su huerto, se paseaba una mujer
junto a las flores de tomates y amapolas.
Y dijo en voz en cuello, como
quien les grita a las nubes
o se pelea con el viento:
— ¿Sabés que hay una
miel más dulce que la del éxito?.
Así, como si nada,
como quien le habla a la lejanía
o interpela a su sombra.
La miré sorprendido, y ella guareció su mirada.

Sus piernas eran tan blancas
que dolían los ojos
cuando estaban al sol.
De tan solo mirarlas
sus muslos se volvieron
hacia el alambrado.
Tanto, que pude persivir su perfume
tan intenso como la marca
de un pie
cuando deja su huella en la arena
Si no di crédito en el pasado, a sus palabras
si no me pareció suficiente,el rasguido de su voz,
una breve, como inoportuna vestisca,
entreabrió el deshabillé
que pude colar una de mis mirada por el hueco
que daban forma los dos pechos sueltos
cuando se unen.
y se vuelven a separar el uno del otro
al unisono, rítmicamente
como las manecillas de un reloj
cuando uno se le queda observando

Ella notó la cercania
de mi mirada
que aquella que provenía del sol,
y no le importunó cubrirse;
más bien estuvo un rato largo,
como frente a un espejo, inclinada,
recogiendo flores de conejitos y no me olvides.
Que todavía duele recordarlo.
Esas ganas irrefrenables de saltar el alambrado,
de cruzar la Plaza de Mayo para abrazarla.
Que quise más de ese gusto extraño
que una vez prometió sus versos ,
y al día siguiente volví por más.
Con un pote, como quien vuelve
donde se sabe que el día anterior
hicieron dulce de tomate,
mermelada de ciruela.




viernes, 4 de septiembre de 2026

Cuando Stydio volvía a su casa

Cuando Stydio volvía a su casa
por un callejón poco frecuentado,
vio que una comitiva importante
lo aguardaba cerrándole el paso:
un tipo de traje
un poco ajustado con los botones
del saco desprendidos, y desalineado
con unos documentos
que creía importante que lo firmara.
Con él estaban unos diez muchachos
impacientes porque, según ellos,
lo estaban esperando para romperle la cara:
primos, hermanos, tíos, conocidos,
amigos y vecinos
de una señorita que no dejaba de lamentarse
de un romance equivocado.

El que estaba al frente de todos
ocupaba la mitad de la calle, dirigía la batuta.
Con una llave inglesa
que usaría, según él, para hacer justicia;
con llave propia o prestada de una obra.
No tardaría más de unas horas en regresarla,
sin un rasguño, pues a su parecer
y buen entender,
Stydio no es tan cabezadura.
Pesaba noventa y tantos kilos en ayunas,
y otros dos más después de comer.
La señorita llevaba un vestido
de novia desflecado, hecho ya girones,
no tanto por su uso,
sino por el paso del tiempo,
de los años de estar esperando;
que decía entre llantos y desmayos
que la había defraudado.
Junto a ella había una señora, más bien mayor,
que no sé qué trabajo no le había entregado
en tiempo y forma.
Y otra que no lo conocía,
pero por simpatizar con la turba
también había hecho la fila para fajarlo.

Cuando Stydio, viendo lo incómodo
de esta situación, volvió tras sus pasos,
vio que en la pared que estaba a su lado
llevaba esta leyenda escrita
en letras azules, fondo blanco:
«Jesús te ama».
Cuando el matón le dio alcance
también leyó la frase en cuestión en voz alta:
—«Jesús te ama»... Sí —aseveró el conspicuo,
aclarando a continuación,
como una burla al condendo—:
...Pero no te va a salvar de esta.
Esta era un puño que se asemejaba
al de un gigante, que hace las veces
de martillo, maza y garrote.
Y le asestó un tremendo golpe
que le llenó toda su cara de dedos.

Que al fin y al cabo
le sirvió de anestesia general.
Porque no sintió ni supo más nada;
ninguno de los demás golpes
que vinieron detrás del primero.
Tampoco supo cuántos fueron,
ni las horas que estuvo en el piso
ya casi del otro lado, más que en este,
el de los vivos.
Ni los días que estuvo convaleciente.

Cuando despertó,
fue cuando tuvo una sensación extraña
de plenitud por estar otra vez con vida,
pero a la vez desconcierto
por el tiempo perdido.
Y una extraña sensación,
como si tuviese cuatro patas,
una cola que no dejaba de moverse todo el tiempo,
y una gran madre
que lo limpiaba con su lengua por todo el cuerpo.
Cuando pudo comer por sus propios medios
—que fueron dos o tres meses—
le crecieron los dientes
y lo llamaron con otro nombre nuevo.

Volvió a pasar por esas casualidades
una tarde, por aquel paredón,
y volvió ver la misma frase escrita en la pared:
«Jesús te ama».
Ya poco y nada esa frase le significaba.
Porque ese día
sabía que Leticia lo amaba,
y para él, el amor de Leticia
era importante.
Ya que era la misma Leticia
la que lo llevaba,
envuelto en una toalla
y dentro de una caja.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sin menciones ni premios

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lunes, 31 de agosto de 2026

Una vez estuvo un circo

Una vez estuvo un circo.
Vinieron levantando polvareda
y como un día llegaron,
otro más luego, se fueron
con el mismo polvo
que le fue haciendo estela
al costado del camino,
como si se fueran en un cometa.
Tirando propaganda, hicieron
funciones gratis, estuvieron una semana;
no vaya a creer que estuvieron tanto.

Pero del apuro se olvidaron
a Alicia. Se la olvidaron
o ella misma se bajó del carromato.
Ella, y con unos bagayos,
se fue a parar a lo del Hilario.
Para que no
extrañase las acrobacias,
el Hilario le hizo un columpio
dentro del rancho.
Era un espectáculo verla a la Alicia
cómo se subía
arriba del molino para arreglarlo.
Se daba maña para todo,
eso lo aprendió
en su vida del circo.

Hasta aprendió a domar leones,
pero eso fue un fracaso:
los ha amansado tanto
que le dijeron
que se le había ido la mano.
Eran tan lindos los tigres estos
que hasta salían solitos
a comprar el diario.
Bailaban chacarera y zapateaban
malambo.

No sé si extraña esa vida nómade
que llevaba en el circo,
eso de andar girando como cardo seco
sin quedarse en ningún lado.
Vaya uno a saber qué le picó a la Alicia,
qué bicho raro hay en este poblado.




viernes, 28 de agosto de 2026

Primero envió a nuestro perro

Primero envió a nuestro perro
a una escuela canina
para adiestramiento.
Como los resultados,
para su entender,
fueron óptimos,
el perro más que ladrar, escuchaba.
Había aprendido
a entender; hasta su mirada
tenía un dejo de inteligencia,
de suspicacia.
Antes era un perro cobarde,
más bien todo lo asustaba;
ahora había vuelto decidido,
contagiaba confianza.
Esperaba la comida sin ansiedad,
como un monje
aprende a recibir
lo que cada momento
del día tiene para enseñarle.

Sin tardanza, consiguió del mismo
instituto, trajo una tarde,
un prospecto que puso
ante mis ojos, una foto
de una familia que sonríe:
un niño en regazo
del padre y madre juntos
compartiendo una tarde.
Otra era un padre y un niño
dando un paseo por un camino,
en un triciclo, iluminados
por la luz, de una puesta de sol.
El prospecto, en título destacado,
decía bien clarito:
«Adiestramiento de esposos
y/o concubinos.
No sufra más».

Retrocedí espantado.
Trastabillé, fui a parar al piso
y ella, junto al perro,
cruzaron miradas.
Era más que evidente:
se habían confabulado
contra mí.
Primero me negué terminantemente.
Supuse que era un chiste,
me reí como un desgraciado;
mas luego dije que no tenía gracia.
—No, no la tiene —me contestó
con la frialdad con que se le pone
a un loco su chaleco de fuerza,
o a un condenado a muerte se le
alcanza el último cigarro.

Objeté con razones.
Asumí mi libertad como individuo,
derechos constitucionales;
hasta advertí que me marcharía
de la casa dando un portazo.
La puerta se abrió de par en par
y se volvió a cerrar
muy tristemente.
No hubo diálogos por días.
Me encerré bajo llave,
me negué a probar bocado,
a tomar agua.

Me sugirió
que un buen entrenamiento
aumentaría el pedigree de nuestros hijos,
solventaría todas
las dudas para nuestro futuro.
Eso me lo decía
mientras me colocaba un collar
alrededor de mi cuello,
me preparaba una vianda
con una naranja partida
y una porción de tortilla de papas.
Mientras me acompañaba
a la puerta, a la espera
de un bus naranja.




jueves, 27 de agosto de 2026

Los sueños de Neptuno. Hoy: "Una chica de tapa"

El 17 de agosto cumplia años todos los años Atilio,
que era cuñado y amigo de mi padre.
Los dos eran de Leo.
Eran o son... en un sueño son,
porque esto que les narro está sucediendo en el presente.
En este sueño hay muchas reflexiones;
reflexiono a medida que el sueño se va realizando.
Por ejemplo, no es mi casa, pero en el sueño sí lo es.
Está Atilio sentado en una gran mesa con una alfombra
tejida en el suelo de un comedor.
Esta imagen es como si la viese desde arriba:
justo en el centro de la sala donde está la mesa,
se velaron varios cajones con sus respectivos muertos.
Pienso si no es de mala suerte velar muertos en una casa.
No, pienso para mí: si se lava bien el piso,
mala suerte es para las funerarias
perder un cliente que solo se va a morir una sola vez.
No debe hacerles mucha gracia.
Además, no creo en la mala fortuna, etc., etc.

En el sueño reflexiono sobre el tomar vino y la mala bebida.
Que mi padre, junto con sus amigos, eran de Leo.
Cuando estaban sobrios eran personas muy de sol,
eran el centro del sistema.
La vida, el mundo, giraba alrededor suyo.
Salvo cuando tomaban, que daban lástima.
Lástima a los ojos de Stydio.
Stydio, que no necesita tomar para dar lástima:
el dar lástima le sale naturalmente.
Además, si hay algo que no soporta es hablar
con alguien que perdió su compostura,
que está cansado, incómodo,
al que más bien le vendría echarse un sueño
que quedarse despierto y seguir tomando.

Alguien dejó sobre la mesa un ejemplar de una revista
donde en la tapa hay una mujer desnuda.
Stydio ojea esta revista, pero no encuentra el desnudo de tapa;
en cambio, encuentra muchas hojas con publicidad y propaganda.
Stydio piensa cómo vende esta revista.
Las últimas páginas de la revista traen solo hojas en blanco,
con el nombre de modelos inexistentes en su cabecera.
¿Será para dibujar en estas hojas?
Y ya al final hay otras hojas en blanco con renglones,
que son para escribir. Reflexiono.

Ahora estoy en otro lugar.
Puede ser una cocina, escuchando cómo una mujer
—que me resulta conocida porque estuvo en una de esas revistas—
cuenta que estaba en una reunión tomando vino
y tuvo que volver a la casa: se largó una lluvia y tenía ropa colgada.
Hace unos meses atrás tuvo una tapa en una revista
con solo una publicación. Se pagó un año sabático,
recorrió parte de la selva y el río Amazonas.
Ella con su novio, los dos en una carpa.
Según cuenta en el sueño,
su novio tiene una operación de corazón
y es trasplantado; eso no significa que va a esperar la muerte sentado.

El sueño sigue. Voy por la avenida San Martín,
doblo por la calle Lavalle, y ahí, en una diagonal que no existe
en la realidad, pero sí en el sueño, es donde es de noche.
Hay un chino con un grupo comando; es una emboscada.
Me defiendo con mi mano, que coloco en forma de revólver, y disparo
diciendo: «¡Pum, pum! !». El chino acusó el disparo y se hace el muerto.
Estoy jugando a la guerra, eso pienso en el sueño.

Ahora soy un delivery.
Estoy probando un potenciador muscular para andar en cuatro patas.
En una mochila tengo un grupo de sensores, potenciómetros,
para utilizar la fuerza de mi manos.
Recorro cien metros sin cansarme.
Ahora me pongo de pie, camino erguido otros más.
«Esto va a ser un éxito», lo afirmo.

Ahora está la misma mujer de antes, sentada sobre unos escombros,
hablando con un grupo de skaters que han dejado de hacer acrobacias
para escucharla. Continúa hablando de su novio,
de su largo viaje en el que recorrió el mundo
y los ríos más salvajes, llegando así hasta la frontera de la civilización.
Llegando de regreso por la provincia de Entre Ríos,
le agarró una lluvia, días de humedad y frío,
y su novio cayó con una gripe fulminante.
Por suerte estaban cerca los mejores centros médicos y de alta complejidad.

Ella dice que su novio busca siempre superarse;
para él, la vida es no hallar límites.
Y eso para Stydio es como si le hubiesen puesto el dedo en la llaga.
Que es cómodo como gato castrado,
que no abandona su sillón ni aunque lo prendan fuego.
Que no puede cerrar la boca una vez que le pincharon
ahí donde más le duele. Empieza a hablar.
¿Quién le preguntó su opinión?
Los límites de Stydio son las alturas,
y ahí me conozco. Estoy actuando, recitando un libreto.
¿Para impresionarla? Impresionarme... no sé.
Suerte que estoy cerca de casa, justo a minutos...
¿qué digo minutos? Segundos de despertarme.




lunes, 24 de agosto de 2026

Me voy

Me voy donde conviven
los gavilanes, búhos y murciélagos
por la tarde-noche.
Con despensas de barrio,
casas abandonadas
y libretas de fiado.
Como era todo antes.
Antes de que llegara
el progreso,
más o menos
treinta años atrás.
Solo a cinco cuadras de casa
se entra por un hueco,
falla geológica,
pasaje secreto.
Y se sale con mucho cuidado
de cerrarlo, para que
no haya corriente de aire.
A unos espacios abiertos, interminables,
una panacea de inmobiliarias y conquistadores.

Por aquí los chicos corren y juegan
sin que a nadie se le haya
ocurrido hacer una plaza.
Y no se puede dejar
nada abierto, cercado
por miradas adultas,
porque se pueden escapar.
Y ustedes no saben
el desastre que haría por aquí
una PlayStation.




viernes, 21 de agosto de 2026

Te ato porque te quiero

Te ato porque te quiero,
como te ato a una hoja seca
del otoño, para que no
te pierdas en invierno.
A un sillón viejo, destartalado,
que solo sirve para atarte,
nada más,
porque en él ya no se quiere
sentar nadie,
como en esta casa
nadie se quiere quedar.

Te ato porque el mundo te ata
a su manera, te retiene,
te lleva con sus vientos
como una corriente subterránea
te lleva al mar.
Te ato porque te marchas
en cada paso que das.
Y yo te ato para que no te muevas,
te ato para que no te caigas,
te ato porque no puedes cambiar,
te ato para que no te pierdas,
para no andar por la casa
como si te estuviera buscando,
como si no te hubiese atado jamás.

Te ato para que no te extravíes,
como ato un pensamiento a una hoja,
una figura a una piedra,
el mármol a una columna.
Te ato, te vivo atando.
Cada palabra mía es una cuerda más
que se ciñe a tu cuerpo,
como una frazada pesada
que no te deja levantar.




miércoles, 19 de agosto de 2026

La obra

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lunes, 17 de agosto de 2026

Mortal

Mortal, se cayó dentro de un pozo
Y ahora... no quiere salir.
Un juez ordenó su pronto desalojo;
Gendarmería se pertrecha en las cercanias
del socavón, pronta a entrar.
Gendarmes se amotinan
dentro del pozo, exigiendo mejoras salariales.
Judiciales y portuarios se pliegan a la medida
y están junto a los gendarmes, amotinados.
La municipalidad asevera que las condiciones idílicias
dentro del pozo no son las ideales;
aunque precarias, no son peores
que las de un jubilado
que cobra la mínima y paga alquiler.
Para prevenir males mayores,
la municipalidad mandó a apuntalarlo
para que no haya futuros derrumbes
y lamentar un luctuosos sucesos.

Más luego habilitaron la construcción de un shopping
salas de concierto y recreación
y patio de comidas.
Los habitantes del pozo
dicen, aunque carecen de luz natural
y creamos que todos los dias son de noche,
para nosotros nunca sale el sol. es como si viviéramos dentro de un casino
pero sin las máquinas ni su esparcimiento,
no nos sentimos más chinos
por vivir lejos del suelo.
También otro nos aseveró
que caer en un pozo
es como decir que caímos en la educación pública.
Hay una voluntad implícita
en estar aquí dentro;
una lucha diaria, cada mañana es otra noche.
Cada noche que hay que volver a ponerse de pie,
sacar fuerzas de donde ya no se tienen.
Es una lucha constante y no es gratis.
Hay una mitología en construcción dentro del pozo
que más bien se asemeja
a un sentimiento de cueva,
de mancomunidad
que no lo da la intemperie.




viernes, 14 de agosto de 2026

Stydio y las avispas

Stydio está podando un seto
por medio de la foresta, persiguiendo
una bandada de mariposas.
Ve que se aproxima, entre contenta y divertida,
una princesa. A veces las princesas
hacen una observación que bien le viene
a un relato; por ejemplo,
ella esta vez añadió,
viéndolo a Stydio ocupado,
contemplando su sombra,
observando cómo pasan las horas,
arriba, sobre los eucaliptos,
en un adiós para siempre
cómo en un río imaginario.
Sopesa la distancia, lo que tarda en caer
una hoja al suelo,
escuchando cómo ladran
los milanos en el cielo.
Le hizo esta pregunta.
qué les ocurría a las avispas en invierno,
ya que, a su parecer, había encontrado
varios nidos de avispas vacíos.
—¿Qué hacen las avispas cuando se viene la fresca?

Stydio, viéndola preocupada por tan simpático destino,
acotó que parte de las avispas se alejan
a un recodo del bosque, donde se agrupan
como en un puño, dejando a la avispa reina en su centro,
protegida del frío y demás depredadores.

Stydio se quedó observando
que la princesa vagaba por el jardín,
que había dejado de escucharlo;
su atención vagaba por el recodo,
buscando con cuidado en el suelo.
—Una avispa... —dijo en voz en alto.
Y acercando su pie, con todo su peso,
diciendo, alegre y divertida:
«Chau, avispa», aplastándola y haciendo un giro hacia su casa
como en un paso de comedia.

Stydio sintió como si se le estrujara el corazón.
Respiró hondo, intentó mantener su compostura,
buscó en el cielo despejado alguna respuesta
y recordó cuando esta misma princesa
una vez, entre preocupada y curiosa, le preguntó
si alguna vez le había picado una avispa
y si las picaduras de avispa duelen.
Y Stydio recordó que las picaduras de avispa duelen, sí.
Pero, como una licencia poética:
más duele el pisotón de Princesa.




miércoles, 12 de agosto de 2026

Me odia, estoy impresionado.

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lunes, 10 de agosto de 2026

Un hombre que permanecía

el hombre que permanecía,
junto a la calle
recostado en el suelo
con su dorso apoyado sobre una pared.
Y a sus pies tenía un cartón
a modo de cartel,
con letras en pintura negra
que decía: «Necesito trabajar,
tengo 3 hijos, una madre enferma
y un sinfín de enemigos».
El cartel estaba a sus pies.

Un hombre de aspecto
distinguido se detuvo a observarlo.
Y con una voz de mando
que solo se la da una clase,
le dijo que lo siguiera
porque tenía un trabajo
que ofrecerle. El hombre
que permanecía en el suelo
se levantó de un salto,
recogió sus bagayos
y apresuró el paso,
pues el caballero no lo esperaba.
Mientras tanto, el hombre
le seguía agradeciendo
con mil cumplidos su buena acción.
Pues salvar a otro hombre
de su desesperación
no es poca cosa.

—No me agradezcas tanto —
le dijo el hombre de traje—.
El trabajo que te ofrezco, es para que trabajes
en una mina de carbón. Los que trabajan allí
no duran demasiado, dos o tres años,
por una extraña enfermedad
que les afecta los pulmones.
Si no mueren antes aplastados
por un derrumbe.
Los niños que me dijo que tienes, tres si no entendí mal,
porque si son lo suficientemente grandes
y tienen más de seis años,
los puedes traer a trabajar contigo.

Es insoportable el clima de esta ciudad
en invierno, no se puede estar
la lluvia y esta  humedad.
Por suerte ya vienen mejores días
para pasear en galera.
No veo la hora de que vuelva el sol.
Deberías tener una casa a las afueras de la ciudad:
es increíble cómo cambia el aire
a cincuenta kilómetros de Londres.




viernes, 7 de agosto de 2026

Una vuelta más

Una vuelta más...
a ver si me está mirando. Jugábamos carreras
para ver quién llegaba primero.
Una bolita que nunca pierde,
una ganadora, que no se comparte con nadie.
Un motivo más para cagarse a piñas
en la vereda.
Hace diez años que ninguna piba
se mudaba al barrio.
Mirá si me voy a perder a esta,
que se parece a la Rita Hayworth.
El paredón medía como diez metros de alto,
lucía inexpugnable, sin grafiti,
con vidrios y alambres de púas.
Todos los paredones son inútiles
para los gatos y los enamorados.

Resultó ser que no se llamaba Rita,
sino Viviana; Vivi, para cuando
la cita era muy pequeña
y no quería que me escucharan sus padres.
Era alta, encorvada;
lo que tenía de alta, le faltaba de desarrollada,
pero no me importaba: era mujer,
para mí eso era suficiente. Y estaba cerca,
del otro lado de la vereda,
como un kiosco las veinticuatro horas.
Era como si al sol se le ocurriese
cambiar de rumbo y, desde que llegó ella,
se le ocurriese asomar por el sur,
por arriba de su casa,
cegándome los ojos.
Haciendo todo el tiempo
visera con una mano
para poder mirarla.

Ayer estuve en su casa.
No quedó ni un rastro suyo
en el patio, ni una flor de alegría,
ni un sueño desordenado.
Si me vieras ahora, Viviana,
tan solitario y vencido...
Ya me han pasado tanto por encima
que ya ni recuerdo
si esto era una carrera.
Como un gallo de riña,
solo me quedó la facha:
flaco y sin plumas.
Ni para la olla sirvo,
ni ánimo tengo de pelearme.
Que ya no puedo ni dar una vuelta
a la manzana,
ni con un andador, ni caminando
para disimular que te sigo esperando.




miércoles, 5 de agosto de 2026

No son dos hermanas

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