miércoles, 12 de agosto de 2026

Me odia, estoy impresionado.

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lunes, 10 de agosto de 2026

Un hombre que permanecía

el hombre que permanecía,
junto a la calle
recostado en el suelo
con su dorso apoyado sobre una pared.
Y a sus pies tenía un cartón
a modo de cartel,
con letras en pintura negra
que decía: «Necesito trabajar,
tengo 3 hijos, una madre enferma
y un sinfín de enemigos».
El cartel estaba a sus pies.

Un hombre de aspecto
distinguido se detuvo a observarlo.
Y con una voz de mando
que solo se la da una clase,
le dijo que lo siguiera
porque tenía un trabajo
que ofrecerle. El hombre
que permanecía en el suelo
se levantó de un salto,
recogió sus bagayos
y apresuró el paso,
pues el caballero no lo esperaba.
Mientras tanto, el hombre
le seguía agradeciendo
con mil cumplidos su buena acción.
Pues salvar a otro hombre
de su desesperación
no es poca cosa.

—No me agradezcas tanto —
le dijo el hombre de traje—.
El trabajo que te ofrezco, es para que trabajes
en una mina de carbón. Los que trabajan allí
no duran demasiado, dos o tres años,
por una extraña enfermedad
que les afecta los pulmones.
Si no mueren antes aplastados
por un derrumbe.
Los niños que me dijo que tienes, tres si no entendí mal,
porque si son lo suficientemente grandes
y tienen más de seis años,
los puedes traer a trabajar contigo.

Es insoportable el clima de esta ciudad
en invierno, no se puede estar
la lluvia y esta  humedad.
Por suerte ya vienen mejores días
para pasear en galera.
No veo la hora de que vuelva el sol.
Deberías tener una casa a las afueras de la ciudad:
es increíble cómo cambia el aire
a cincuenta kilómetros de Londres.




viernes, 7 de agosto de 2026

Una vuelta más

Una vuelta más...
a ver si me está mirando. Jugábamos carreras
para ver quién llegaba primero.
Una bolita que nunca pierde,
una ganadora, que no se comparte con nadie.
Un motivo más para cagarse a piñas
en la vereda.
Hace diez años que ninguna piba
se mudaba al barrio.
Mirá si me voy a perder a esta,
que se parece a la Rita Hayworth.
El paredón medía como diez metros de alto,
lucía inexpugnable, sin grafiti,
con vidrios y alambres de púas.
Todos los paredones son inútiles
para los gatos y los enamorados.

Resultó ser que no se llamaba Rita,
sino Viviana; Vivi, para cuando
la cita era muy pequeña
y no quería que me escucharan sus padres.
Era alta, encorvada;
lo que tenía de alta, le faltaba de desarrollada,
pero no me importaba: era mujer,
para mí eso era suficiente. Y estaba cerca,
del otro lado de la vereda,
como un kiosco las veinticuatro horas.
Era como si al sol se le ocurriese
cambiar de rumbo y, desde que llegó ella,
se le ocurriese asomar por el sur,
por arriba de su casa,
cegándome los ojos.
Haciendo todo el tiempo
visera con una mano
para poder mirarla.

Ayer estuve en su casa.
No quedó ni un rastro suyo
en el patio, ni una flor de alegría,
ni un sueño desordenado.
Si me vieras ahora, Viviana,
tan solitario y vencido...
Ya me han pasado tanto por encima
que ya ni recuerdo
si esto era una carrera.
Como un gallo de riña,
solo me quedó la facha:
flaco y sin plumas.
Ni para la olla sirvo,
ni ánimo tengo de pelearme.
Que ya no puedo ni dar una vuelta
a la manzana,
ni con un andador, ni caminando
para disimular que te sigo esperando.




miércoles, 5 de agosto de 2026

No son dos hermanas

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