lunes, 7 de septiembre de 2026

Hace mucho

Hace mucho tiempo atrás,
si es que hay un adelante y un atrás
en el transcurrir del tiempo;
si es que no damos vueltas
cómo saber, en qué parte del círculo
estamos girando.
Que duele a la memoria recordarlo.

Había una valla hace mucho
que separaba un huerto de la calle,
y detrás del huerto, una casa.
En esa valla de alambre tejido
había un cartel que, después
de aprender a leer,
supe entender lo que decía.
En letras pintadas,descoloridas,
por el sol,
decía en rústicos versos:
«Cuidado, ninfómana.
Mantenga a sus niños alejados
o presos».
Todo esto adornado con abejas y flores
blancas de cinco pétalos.
En esa casa vivía una bruja;
seguro que se comía a los niños,
previamente rellenarlos
con confites y chocolates.

Fue que en una de esas tardes,
por su huerto, se paseaba una mujer
junto a las flores de tomates y amapolas.
Y dijo en voz en cuello, como
quien les grita a las nubes
o se pelea con el viento:
— ¿Sabés que hay una
miel más dulce que la del éxito?.
Así, como si nada,
como quien le habla a la lejanía
o interpela a su sombra.
La miré sorprendido, y ella guareció su mirada.

Sus piernas eran tan blancas
que dolían los ojos
cuando estaban al sol.
De tan solo mirarlas
sus muslos se volvieron
hacia el alambrado.
Tanto, que pude persivir su perfume
tan intenso como la marca
de un pie
cuando deja su huella en la arena
Si no di crédito en el pasado, a sus palabras
si no me pareció suficiente,el rasguido de su voz,
una breve, como inoportuna vestisca,
entreabrió el deshabillé
que pude colar una de mis mirada por el hueco
que daban forma los dos pechos sueltos
cuando se unen.
y se vuelven a separar el uno del otro
al unisono, rítmicamente
como las manecillas de un reloj
cuando uno se le queda observando

Ella notó la cercania
de mi mirada
que aquella que provenía del sol,
y no le importunó cubrirse;
más bien estuvo un rato largo,
como frente a un espejo, inclinada,
recogiendo flores de conejitos y no me olvides.
Que todavía duele recordarlo.
Esas ganas irrefrenables de saltar el alambrado,
de cruzar la Plaza de Mayo para abrazarla.
Que quise más de ese gusto extraño
que una vez prometió sus versos ,
y al día siguiente volví por más.
Con un pote, como quien vuelve
donde se sabe que el día anterior
hicieron dulce de tomate,
mermelada de ciruela.




viernes, 4 de septiembre de 2026

Cuando Stydio volvía a su casa

Cuando Stydio volvía a su casa
por un callejón poco frecuentado,
vio que una comitiva importante
lo aguardaba cerrándole el paso:
un tipo de traje
un poco ajustado con los botones
del saco desprendidos, y desalineado
con unos documentos
que creía importante que lo firmara.
Con él estaban unos diez muchachos
impacientes porque, según ellos,
lo estaban esperando para romperle la cara:
primos, hermanos, tíos, conocidos,
amigos y vecinos
de una señorita que no dejaba de lamentarse
de un romance equivocado.

El que estaba al frente de todos
ocupaba la mitad de la calle, dirigía la batuta.
Con una llave inglesa
que usaría, según él, para hacer justicia;
con llave propia o prestada de una obra.
No tardaría más de unas horas en regresarla,
sin un rasguño, pues a su parecer
y buen entender,
Stydio no es tan cabezadura.
Pesaba noventa y tantos kilos en ayunas,
y otros dos más después de comer.
La señorita llevaba un vestido
de novia desflecado, hecho ya girones,
no tanto por su uso,
sino por el paso del tiempo,
de los años de estar esperando;
que decía entre llantos y desmayos
que la había defraudado.
Junto a ella había una señora, más bien mayor,
que no sé qué trabajo no le había entregado
en tiempo y forma.
Y otra que no lo conocía,
pero por simpatizar con la turba
también había hecho la fila para fajarlo.

Cuando Stydio, viendo lo incómodo
de esta situación, volvió tras sus pasos,
vio que en la pared que estaba a su lado
llevaba esta leyenda escrita
en letras azules, fondo blanco:
«Jesús te ama».
Cuando el matón le dio alcance
también leyó la frase en cuestión en voz alta:
—«Jesús te ama»... Sí —aseveró el conspicuo,
aclarando a continuación,
como una burla al condendo—:
...Pero no te va a salvar de esta.
Esta era un puño que se asemejaba
al de un gigante, que hace las veces
de martillo, maza y garrote.
Y le asestó un tremendo golpe
que le llenó toda su cara de dedos.

Que al fin y al cabo
le sirvió de anestesia general.
Porque no sintió ni supo más nada;
ninguno de los demás golpes
que vinieron detrás del primero.
Tampoco supo cuántos fueron,
ni las horas que estuvo en el piso
ya casi del otro lado, más que en este,
el de los vivos.
Ni los días que estuvo convaleciente.

Cuando despertó,
fue cuando tuvo una sensación extraña
de plenitud por estar otra vez con vida,
pero a la vez desconcierto
por el tiempo perdido.
Y una extraña sensación,
como si tuviese cuatro patas,
una cola que no dejaba de moverse todo el tiempo,
y una gran madre
que lo limpiaba con su lengua por todo el cuerpo.
Cuando pudo comer por sus propios medios
—que fueron dos o tres meses—
le crecieron los dientes
y lo llamaron con otro nombre nuevo.

Volvió a pasar por esas casualidades
una tarde, por aquel paredón,
y volvió ver la misma frase escrita en la pared:
«Jesús te ama».
Ya poco y nada esa frase le significaba.
Porque ese día
sabía que Leticia lo amaba,
y para él, el amor de Leticia
era importante.
Ya que era la misma Leticia
la que lo llevaba,
envuelto en una toalla
y dentro de una caja.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sin menciones ni premios

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lunes, 31 de agosto de 2026

Una vez estuvo un circo

Una vez estuvo un circo.
Vinieron levantando polvareda
y como un día llegaron,
otro más luego, se fueron
con el mismo polvo
que le fue haciendo estela
al costado del camino,
como si se fueran en un cometa.
Tirando propaganda, hicieron
funciones gratis, estuvieron una semana;
no vaya a creer que estuvieron tanto.

Pero del apuro se olvidaron
a Alicia. Se la olvidaron
o ella misma se bajó del carromato.
Ella, y con unos bagayos,
se fue a parar a lo del Hilario.
Para que no
extrañase las acrobacias,
el Hilario le hizo un columpio
dentro del rancho.
Era un espectáculo verla a la Alicia
cómo se subía
arriba del molino para arreglarlo.
Se daba maña para todo,
eso lo aprendió
en su vida del circo.

Hasta aprendió a domar leones,
pero eso fue un fracaso:
los ha amansado tanto
que le dijeron
que se le había ido la mano.
Eran tan lindos los tigres estos
que hasta salían solitos
a comprar el diario.
Bailaban chacarera y zapateaban
malambo.

No sé si extraña esa vida nómade
que llevaba en el circo,
eso de andar girando como cardo seco
sin quedarse en ningún lado.
Vaya uno a saber qué le picó a la Alicia,
qué bicho raro hay en este poblado.