— Qué hacés, Pelusa
No te había conocido.
Sabés, ando un poco rengo,
el veterinario me dijo
que es la cadera.
Me cuesta un montón saltar la tapia;
si no me ayudan, no salgo.
¿Y vos adónde vas?
—Voy al cole a buscar a la piba,
a hacerle un poco de fiesta,
moverle la cola.
Siempre se le cae un dulce, un chatrán,
o me tira con una pelota.
Volvemos a los gritos, corriendo, saltando por la vereda.
—¿Viste lo que le pasó a Colita?
—No, ¿qué le pasó... al turro este?
—Lo adoptó una señora de Barrio Norte.
—No, no me digas...
—Sí.
El primer día lo bañaron y le cortaron el pelo.
Le dieron no sé cuántas vacunas
que nunca se le habían dado.
Y para terminar la fiesta, lo castraron.
Él está bien, me dijo los otros días
moviendo la cola.
Lo vi por Plaza San Martín,
no pudimos hablar mucho
porque la tipa le tiraba del collar,
no le dejaba que hablara conmigo.
En pocas palabras:
me dijo que está bien,
que duerme en un sillón
sobre una manta. El tipo extraña la calle,
se le nota en la cara.
Extraña revolcarse en la tierra, oler a perro muerto
y por las mañanas chumbear al diariero.
Qué se le va a hacer...
Qué poca dignidad
Lo que hacen
las personas por un plato de comida.



