lunes, 17 de agosto de 2026

Mortal

Mortal, se cayó dentro de un pozo
Y ahora... no quiere salir.
Un juez ordenó su pronto desalojo;
Gendarmería se pertrecha en las cercanias
del socavón, pronta a entrar.
Gendarmes se amotinan
dentro del pozo, exigiendo mejoras salariales.
Judiciales y portuarios se pliegan a la medida
y están junto a los gendarmes, amotinados.
La municipalidad asevera que las condiciones idílicias
dentro del pozo no son las ideales;
aunque precarias, no son peores
que las de un jubilado
que cobra la mínima y paga alquiler.
Para prevenir males mayores,
la municipalidad mandó a apuntalarlo
para que no haya futuros derrumbes
y lamentar un luctuosos sucesos.

Más luego habilitaron la construcción de un shopping
salas de concierto y recreación
y patio de comidas.
Los habitantes del pozo
dicen, aunque carecen de luz natural
y creamos que todos los dias son de noche,
para nosotros nunca sale el sol. es como si viviéramos dentro de un casino
pero sin las máquinas ni su esparcimiento,
no nos sentimos más chinos
por vivir lejos del suelo.
También otro nos aseveró
que caer en un pozo
es como decir que caímos en la educación pública.
Hay una voluntad implícita
en estar aquí dentro;
una lucha diaria, cada mañana es otra noche.
Cada noche que hay que volver a ponerse de pie,
sacar fuerzas de donde ya no se tienen.
Es una lucha constante y no es gratis.
Hay una mitología en construcción dentro del pozo
que más bien se asemeja
a un sentimiento de cueva,
de mancomunidad
que no lo da la intemperie.




viernes, 14 de agosto de 2026

Stydio y las avispas

Stydio está podando un seto
por medio de la foresta, persiguiendo
una bandada de mariposas.
Ve que se aproxima, entre contenta y divertida,
una princesa. A veces las princesas
hacen una observación que bien le viene
a un relato; por ejemplo,
ella esta vez añadió,
viéndolo a Stydio ocupado,
contemplando su sombra,
observando cómo pasan las horas,
arriba, sobre los eucaliptos,
en un adiós para siempre
cómo en un río imaginario.
Sopesa la distancia, lo que tarda en caer
una hoja al suelo,
escuchando cómo ladran
los milanos en el cielo.
Le hizo esta pregunta.
qué les ocurría a las avispas en invierno,
ya que, a su parecer, había encontrado
varios nidos de avispas vacíos.
—¿Qué hacen las avispas cuando se viene la fresca?

Stydio, viéndola preocupada por tan simpático destino,
acotó que parte de las avispas se alejan
a un recodo del bosque, donde se agrupan
como en un puño, dejando a la avispa reina en su centro,
protegida del frío y demás depredadores.

Stydio se quedó observando
que la princesa vagaba por el jardín,
que había dejado de escucharlo;
su atención vagaba por el recodo,
buscando con cuidado en el suelo.
—Una avispa... —dijo en voz en alto.
Y acercando su pie, con todo su peso,
diciendo, alegre y divertida:
«Chau, avispa», aplastándola y haciendo un giro hacia su casa
como en un paso de comedia.

Stydio sintió como si se le estrujara el corazón.
Respiró hondo, intentó mantener su compostura,
buscó en el cielo despejado alguna respuesta
y recordó cuando esta misma princesa
una vez, entre preocupada y curiosa, le preguntó
si alguna vez le había picado una avispa
y si las picaduras de avispa duelen.
Y Stydio recordó que las picaduras de avispa duelen, sí.
Pero, como una licencia poética:
más duele el pisotón de Princesa.




miércoles, 12 de agosto de 2026

Me odia, estoy impresionado.

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lunes, 10 de agosto de 2026

Un hombre que permanecía

el hombre que permanecía,
junto a la calle
recostado en el suelo
con su dorso apoyado sobre una pared.
Y a sus pies tenía un cartón
a modo de cartel,
con letras en pintura negra
que decía: «Necesito trabajar,
tengo 3 hijos, una madre enferma
y un sinfín de enemigos».
El cartel estaba a sus pies.

Un hombre de aspecto
distinguido se detuvo a observarlo.
Y con una voz de mando
que solo se la da una clase,
le dijo que lo siguiera
porque tenía un trabajo
que ofrecerle. El hombre
que permanecía en el suelo
se levantó de un salto,
recogió sus bagayos
y apresuró el paso,
pues el caballero no lo esperaba.
Mientras tanto, el hombre
le seguía agradeciendo
con mil cumplidos su buena acción.
Pues salvar a otro hombre
de su desesperación
no es poca cosa.

—No me agradezcas tanto —
le dijo el hombre de traje—.
El trabajo que te ofrezco, es para que trabajes
en una mina de carbón. Los que trabajan allí
no duran demasiado, dos o tres años,
por una extraña enfermedad
que les afecta los pulmones.
Si no mueren antes aplastados
por un derrumbe.
Los niños que me dijo que tienes, tres si no entendí mal,
porque si son lo suficientemente grandes
y tienen más de seis años,
los puedes traer a trabajar contigo.

Es insoportable el clima de esta ciudad
en invierno, no se puede estar
la lluvia y esta  humedad.
Por suerte ya vienen mejores días
para pasear en galera.
No veo la hora de que vuelva el sol.
Deberías tener una casa a las afueras de la ciudad:
es increíble cómo cambia el aire
a cincuenta kilómetros de Londres.