¿Cuál sería
su reacción
si escuchara
a una persona adulta
recitar el Padre Nuestro
en voz alta?
En vez de decirnos «buen día»,
nos recitara el Padre Nuestro
en nuestra solapa.
No ya en una iglesia,
que vendría a ser como en una cancha de fútbol.
Un templo donde sus simpatizantes veneran,
alientan a un Dios con sus cánticos,
algarabía, gozando de su localía;
donde solo juegan los locales
y sin visitante.
Donde sus feligreses mayormente ganan
por goleada o por penales.
Pero donde en la realidad,
fuera de la cancha,
pasa totalmente lo contrario.
Donde hay guerras, crisis financieras.
Donde Dios ni corta ni pincha.
Hay que esperar la luz roja para cruzar un semáforo,
sin importar si Dios está con nosotros
o estamos totalmente desamparados.
¿Dónde escuchó recitar el Padre Nuestro?
Al costado de una cama,
si quien estuviera hablando
tuviera nueve años,
o detrás de una puerta cerrada
de una habitación donde descansa
un anciano.
Pero no... Lamento decepcionarlos.
Este es un hombre adulto;
ha adoptado la religión,
católico, apostólica romana,
como su salvación.
Como quien toma vitamina C
para sentir los alivios de un resfriado.
Como un amuleto
que erige sobre lo desconocido.
Y no encuentra mejor tarea
que demostrárselo al mundo
y a sus allegados
recitándole el Padre Nuestro.
Así, de corrido, sin quitar
ni agregarle una coma,
como canta una calandria
arriba de su nido.
Como si estas estrofas,
ya tan gastadas de decirlo,
hubiesen perdido su significante.
Un mantra, un salvoconducto
a un posible paraíso.



