Estoy en el suelo,
sentado al lado de una biblioteca blanca.
Estoy buscando libros; miro entre todos los tomos
para encontrar uno.
Tomo el primero al azar:
en sus páginas hay imágenes en blanco y negro.
Este espacio puede ser una casa particular,
una librería de usados o una biblioteca con clichés modernos.
En el suelo hay almohadones, adornos, recuerdos.
En eso entra una joven.
Lleva puesto un pantalón corto, negro, muy ajustado
. No alcanzo a verle el rostro.
Se sienta delante de mí, dándome la espalda
pero muy cerca.
Se queda sentada con las piernas abiertas, en el suelo.
Mientras continúo hojeando el libro con estampas,
disimuladamente, con mi brazo izquierdo rodeo su cintura.
La atraigo un poco más hacia mi cuerpo
y le introduzco la mano dentro de su pantalón elástico.
Percibo más allá de lo evidente
su vagina: ser ancestral,
molusco cálido,siento su territorialidad
en cada tacto; hay un temblor,
es biología pura. Molusco etéreo,
está afuera y dentro de mi mente.
Puedo ver, a partir de mi tacto,
su piel brillosa dentro de su otra piel
con imperceptibles temblores, respiración.
Con un dedo a la vez, pulso en su interior
un pequeño montículo de piel, suave y original.
Un botón para solicitar crédito,
un botón para decir "me gusta",
el único botón de su joystick;
pinta los jardines con flores
y los otoños de hojas secas.
Una tecla que no emite silencios.
Siento cómo ella responde en cada pulsación.
Es tan perceptible... Me siento abrumado; mis dedos
se sienten indispensables. En esta relación,
se aleja y se me pega rítmicamente, como una marea a la costa.
Con solo tres dedos —es un dedo por vez y solo tres—
con un ritmo in crescendo.
Esta es mi partitura:
es placer y, a la vez, expansión.
Cerca hay otras personas en la habitación adjunta,
separados por un estante escuálido de libros.
Esto es tan deliberado que en cualquier momento
vamos a ser descubiertos; en nuestro rostro
es imposible disimularlo.
Un día lunes por la mañana.
Qué fastidio da levantarse.