viernes, 6 de febrero de 2026

Calor. Ya nada deja de ser importante

 

Calor. Ya nada deja de ser importante

Calor. Ya nada deja de ser importante, 
por lo menos hasta que pase el calor.
Abandonado el pudor por algo
 que nos quite el calor,
 el sueño de esa pileta olímpica
 de seis escalones, a la vera de una mansión,
 por esta otra de lona,
 un poco más chica, 
pero no por eso menos refrescante.
 No importa que ya no esté en el fondo de casa 
sino en el frente, pegada a la reja,
o en la calle, como un coche mal estacionado. 
“Es para los chicos”, nos dice el hombre 
que tiene medio cuerpo dentro de la pileta,
 mientras se refresca tomando  una  cerveza en lata
 y mira unos videos la tele
 que sacó fuera de la casa; 
con sus colores qled palideciendo a la resolana,
 como un enfermo después de una temporada
 sin ver el sol.
 Es ahora cuando extrañamos
 la sombra de nuestra planta del paraíso del fondo de casa,
 con los macetones color terracota y los muebles de jardín; 
y los plantines con sus flores 
 que regábamos a la hora de la fresca. 
Que es donde vive ahora la Lili
 con nuestros tres nietos, que, 
pobrecitos, no saben qué es no tener un día
sin pasar calor,
 salvo cuando refresca,
 que es cuando se mueren de frío.
 La gente desconoce su edad,
 no tiene el paradero de la edad que tiene;
 su cuerpo, tan alejado de la estética
 como de su armonía. 
Aquí es cuando se nota —previa visita al médico—
 nuestra falta de glóbulos rojos,
 los estragos de una sociedad moderna, orientada al consumo, 
que ya no cubre nuestras extensiones de pelo
 ni tarjetas bancarias.
 “El color cuero quemado es el color del verano”,
 dice la radio, que no se ha olvidado 
de decirnos boludeces que repite todo 
el santo día como un loro rayado.
 El color cuero es el color del verano
 transpirado, choreando la gota gorda,
 después de haberse clavado dos choripanes
 con bastante chimichurri, de parado;
 tostado, más o menos quemado,
 vuelta y vuelta,
con un par de sillas y una que otra sombrilla,
 rezago de algún boliche,kiosco que fundió.
 Por eso
 los elefantes marinos,
 los lobos de ideen lugar 
 y las focas —que supongo que también son de mar—
 suben a los acantilados,
 la zona más inhóspita de la playa,
 y desde esas alturas nos observan
 cual especie evolucionada que son. 
Desde lejos nos miran asombrados: 
“Esta fauna es peor que la del año pasado, 
cada vez vuelven peores”.
 Son como las tortugas, vuelven año tras año
 a poner sus huevos en la playa.
 Son tan peores, que ni el mar los mejora; 
no hay mar con qué darles. 
“Manténganse distantes”, dice Papá Lobo
 a la manada más joven y a sus crías. 
“No les den bola, que enseguida
 van a venir a querer vendernos algo
 como la libertad o la lucha de clases. 
Si no, miren a la tía Nora, 
que les llevó el apunte
 y ahora está trabajando en Mundo Marino,
 lejos de un acantilado, como de una puesta de sol,
 por un arenque y una sardina. 
Hagan ruidos guturales, fuertes rugidos guturales…
 Eso los aleja”.

 Esta lámina se escribió
 cuando en la zona hacía mucho calor,
 las calles se derretían por los efluvios del dios Febo, 
y los que habían hecho las cosas bien durante el año 
—según rezan las normas de Papá Capital—
 estaban metidos en el mar, en  playas 
de arenas más o menos amarronadas,
 con los pies en el barro, pero frescos.
 Y se publicó cuando vino la fresca
  y dejamos de usar la heladera;
  para pasar a  taparnos con frazada
 y volver al uso y de  cuellos polares.
 Y los que se quedaron en el agua
 por puro snob o capricho,
 se enfermaron de una severa pulmonía.
 Y es por eso, que es política editorial
 no publicar esta clase de poemas que hablen,
 ni se soslayen sobre el tiempo ni la política,
 que por aquí —o sea, por esta zona— es tan cambiante.
 Son poemas que no tienen mucha raigambre, 
que pierden su vigencia
 con la primera estación del año.

lunes, 2 de febrero de 2026

Me revienta

 

Me revienta



Me revienta 
 Cada vez que quiero intimar.
coger un buen rato,
 disfrutar de una cena 
con la única lumbre de unas velas.
Tenga que jugar primero, 
con tus autitos.
Pasearlo largas horas por el patio.
 Hacer como que me interesa.
Escuchar tus historias.
 Subida arriba de un árbol.
Ver las últimas de tus figuras de contrabando.
Mientes cada vez que quieres algo.
 Me robas mi atención, pero nunca un beso.
No sé qué quieres, me confunde tu proceder.
Me llamas, te preocupas.
Cuando notas mi ausencia.
Al mes... Después de dos años
 Me revienta que no quieras crecer.
Que con los años no hayas cambiado.
Que un pozo no te haya tragado.



miércoles, 28 de enero de 2026

Los sueños de Neptuno

 



Stydio tiene un sueño.
 Está en una ciudad en plena noche.
 Es el final de una reunión, un happening. 
 se encuentra en un lugar extraño, sin referencias. 
A su alrededor hay un grupo. 
 Cinco mujeres cuentan las monedas
 lo poco que tienen para llamar un taxi
que los deje en una estación
 Un lugar que podría ser Brandsen: puro campo
Stydio hace la cuenta. Somos seis personas
Ningún coche nos va a llevar a todos.
 Sin dudarlo, decide emprender el camino solo.
 Camina. Pregunta a un lugareño por dónde llegar.
 El hombre le dice que el destino está cerca, 
 pero que debe seguir siempre recto. 
 No importa si no hay calle. un paredón de por medio. 
Siempre recto. Y así comienza. 
Sube a unos tablones que se elevan sobre los tejados,
 que van por encima de las casas del vecindario.
 Baja por toboganes improvisados. 
 Salta donde ya no hay puente. 
 Hasta que se queda sin fuerzas.
 Hasta para mantenerse de pie.
 Pero no se detiene. Se arrastra. Gatea.
 Hasta donde ya no hay puentes ni pasarelas,
 solo un patio solitario
 donde una mujer riega sus plantas bajo la luna.
 —Buenas noches —murmura Stydio, jadeante
 —. ¿Sabe cómo llegar a la estación? 
La mujer responde en malos modos: 
—No conozco ningún camino que lo lleve allá. 
 Vuelva por donde vino. Lo seguro es por donde vino.
 Stydio no se mueve.
 Permanece allí, en su patio, inmóvil como una estatua de sal.
 La mujer suspira, molesta, y le dice a un niño: 
—Ábrele la pared. El niño acerca una llave a la pared.
 La inserta en la textura del ladrillo. Gira. 
 Y la pared se corre, junto con una ventana
 que se desliza como si nunca hubiera sido muro.
 Stydio pasa. Entra a la casa. 
Sigue gateando. 
 Se arrastra por los rincones oscuros, 
 por pasillos cenagosos.
 hasta que de repente, se encuentra dentro de un baño.
 con una joven que se esta dando una ducha.
 Stydio, permanece de cuclillas,
 primero ve una vagina enjabonada.
 Luego un ombligo con jabón. 
 Dos pechos que brillan bajo el agua tibia. 
 Y la cara de la joven que le sonríe.
 y Stidio que  dice—De acá no me voy más… 

 Fin del sueño. Epílogo. 
Stydio despierta. Con el sueño aún pegado a la almohada, 
 decide acudir a un psicólogo
 para que le interprete aquella travesía nocturna.
 El facultativo le cobra noventa mil pesos.
 Un poco más de lo que le hubiese costado
 un taxi en el sueño. 
Le narra entonces cada detalle: los tablones sobre los tejados, 
los toboganes improvisados, la pared que se corre con una llave,
 el gateo por rincones húmedos, hasta llegar al baño
 y a aquella joven bajo la ducha.
 El psicólogo escucha en silencio. 
 Consulta sus notas para sí.
 —En su sueño usted busca una estación… 
 pero en realidad lo encuentra es a una mujer.
 a final del sueño
 La estación fue solo una escusa de su inconsciente. 
La estación no es un lugar: es un cuerpo.
 Un refugio, Su laberinto. Hace una pausa. 
Cruza las manos sobre la libreta.
 —En realidad viva más… y interprete menos.
 Los sueños, sueños son. 
Stydio asiente. 
 Paga los noventa mil pesos. Sale a la calle.
 Y por primera vez en sus setenta años,
 pudo caminar sin la necesidad de tener que ver, donde pisa
 Si prestarle atención, a las juntas de las baldosa.


viernes, 23 de enero de 2026

El primero de enero

 

El primero de enero


El primero de enero
 Encontré un fuego artificial caído en el patio.
Que no pudo llegar a los cielos.
Estaba tirado en el pasto.
Su fuego no quemaba,
 sus luces desentonaban. 
Se opacaban con la luz del sol.
Al verme, se refugiaba entre las matas del jardín.
Esperaba que me fuera. 
Para salir a comer juntos con los gorriones.
Los gorriones de a poco le fueron aceptando,
 en su grupo.
Sus azules intensos de estrellas multicolores 
Con el correr de las horas se iban acentuando.
 A medida que se iba oscureciendo la tarde 
Sus tonos eran más vivos.
De noche era una luz más. 
Que dormitaba junto a los árboles.