viernes, 10 de julio de 2026

Lamento decepcionarlos.

¿Cuál sería
su reacción
si escuchara
a una persona adulta
recitar el Padre Nuestro
en voz alta?
En vez de decirnos «buen día»,
nos recitara el Padre Nuestro
en nuestra solapa.

No ya en una iglesia,
que vendría a ser como en una cancha de fútbol.
Un templo donde sus simpatizantes veneran,
alientan a un Dios con sus cánticos,
algarabía, gozando de su localía;
donde solo juegan los locales
y sin visitante.
Donde sus feligreses mayormente ganan
por goleada o por penales.

Pero donde en la realidad,
fuera de la cancha,
pasa totalmente lo contrario.
Donde hay guerras, crisis financieras.
Donde Dios ni corta ni pincha.
Hay que esperar la luz roja para cruzar un semáforo,
sin importar si Dios está con nosotros
o estamos totalmente desamparados.

¿Dónde escuchó recitar el Padre Nuestro?
Al costado de una cama,
si quien estuviera hablando
tuviera nueve años,
o detrás de una puerta cerrada
de una habitación donde descansa
un anciano.

Pero no... Lamento decepcionarlos.
Este es un hombre adulto;
ha adoptado la religión,
católico, apostólica romana,
como su salvación.
Como quien toma vitamina C
para sentir los alivios de un resfriado.
Como un amuleto
que erige sobre lo desconocido.
Y no encuentra mejor tarea
que demostrárselo al mundo
y a sus allegados
recitándole el Padre Nuestro.
Así, de corrido, sin quitar
ni agregarle una coma,
como canta una calandria
arriba de su nido.
Como si estas estrofas,
ya tan gastadas de decirlo,
hubiesen perdido su significante.
Un mantra, un salvoconducto
a un posible paraíso.




miércoles, 8 de julio de 2026

Música nocturna

Cada vez que pasa un coche
con la música a todo volumen,
eso me recuerda
las orquestas ambulantes
que paseaban su música
sobre la caja de un camión.

Lo triste que se ve una noche
cuando uno se aleja de una fiesta.




lunes, 6 de julio de 2026

¿Qué es peor?

¿Qué es peor?:
salir con una mujer
con la edad de mi madre,
unos veinte años mayor;
una mujer que podría ser mi hija,
unos veinte años menor;
o una mujer que tenga más o menos
mi misma edad,
que hayamos nacido juntos
por la misma fecha,
como si fuéramos dos siameses
separados al nacer,
pero de distintas madres;
o no salir con nadie,
quedarme aquí sentado, solo,
tomando unos mates, mientras
les narro una historia que viene a cuento.

Por eso días
de una temprana primavera, o más bien
los últimos de un añorado como, lejano invierno.
Para esa fecha
había una excursión, y ya para
la semana anterior todos los gurises
del séptimo C tenían una novia
del mismo grado,
como una pelota nueva a estrenar
para la próxima excursión
del Día de la Primavera.
Solamente quedaban algunos que otros despistados
como el que le narra esta historia
y una que otra chica más,
que éramos los únicos
sin sus respectivos cónyuges;
por eso de la presión social,
me vengo a imaginar ahora.
Teníamos los mismos álbumes,
juntábamos las mismas figuritas.

Y le pregunté, sin ánimo de comprometerla,
a una de estas gurisas del mismo grado
que por esos días se la veía sola y permanecía soltera,
si quería ser mi novia.
Creo, por la cara que puso,
de sorpresa más que de espanto,
que a ella no se le había pasado
por la cabeza tener un novio
justamente para esa época,
antes de haber terminado la escuela primaria,
sin saber qué iba a seguir estudiando,
bachiller o comercial,
ni mucho menos que yo fuese
el más indicado.

Pero como todos ya tenían
un noviecito o una compañera
con la cual continuar sus días tomados de la mano,
a la pobre no le quedó otra
que verse sola hasta el final de sus días
o aceptar mi desinteresada compañía.
Dijo que sí,
como si le pidiese compartir el mismo banco
o un bocado del mismo sándwich de la merienda.

En esa época no se estilaba
estar mucho solo. Por suerte llegó el veintiuno;
a nadie le pintó mucho
eso de ser novio. Subimos a los árboles,
corrimos tras una pelota, jugamos
a la mancha venenosa o a la escondida:
a hacer un poco más de chicos
que de grandes.




viernes, 3 de julio de 2026

Con las expectativas bien altas

Andar por la vida
con las expectativas bien altas
es un error.
No confundir con la frente bien alta.
A la realidad le encanta
bajarte las expectativas de un hondazo
y cagarlas a trompadas.

Las suele esperar subida a la
a la horqueta de un árbol,
haciendo equilibrio
sobre un semáforo, cerca de una nube.
No hay una expectativa
que no haya tenido
su encontronazo con la realidad.
La realidad es como una fiera embrutecida,
como si fuera una jauría de perros enfurecidos,
y las expectativas son seres tan indefensos
como si estuvieran hechos de jabón y un suspiro de nuestro aliento.

¿Nunca vieron una pompa de jabón perseguida por un perro?
No sé qué les divierte; nunca se pusieron
del lado de la pompa y su efímera existencia.
Es como la luz
del día para nuestros sueños,
o las doce campanadas de medianoche
para Cenicienta.
La sola mención de la realidad las disuelve.

A la realidad no le gustan las expectativas,
por eso no hay que andar diciendo
que uno tiene una en casa, o en el club.
¡Shhhhhh!
Ojito con la realidad
cuando se disfraza de expectativa
y nos cita en un bar,
a los ojos de todos.