miércoles, 1 de julio de 2026

Recreo

Es hora de un simpático recreo
y los púberes atienden este período
de distracción, caminando por el patio
en una zona arbolada llamada parque,
y otra por una galería de cielorazo de madera
y techo de teja.
Me acerco para oír lo que discute
esta simpática pareja en la puerta del bufet.

La niña tiene en su mano un arrollado de jamón
y queso, y en la otra una pequeña botellita
de una popular gaseosa. El otro personaje en cuestión
es un niño un poquito más menudo; luce pecas
en el rostro y un corte de cabello tipo taza,
dejando sus dos orejas a la intemperie,
al desamparo de lo que un dia fue, un cabello largo,
y una separación en sus dientes
que le da un aire caricaturescoa su sonrisa.
Tiene pantalones cortos que no cubren sus tobillos
y lo que parece ser un libro de física cuántica
en una de sus manos, que recientemente
ha retirado de la biblioteca. Ahí están los dos
conversando. Hagamos silencio
para escuchar de qué hablan.

—Una personita gorda,
obesa, come hidratos de carbono
en cantidades industriales
de comida procesada, para llenar
ese vacío de afecto que tuvo
en su temprana infancia.
Ese dolor no se colma
comiendo papas fritas
a la salida del cine.

—Una persona estúpida,
que carece de una inteligencia
inferior a lo normal,
a la de un chimpancé,
e indefinidamente inferior
a la de sus congéneres.
No porque se cayó tempranamente de su cuna
o le faltó oxígeno en su placenta
cuando ni siquiera era una persona,
sino porque careció
de un desarrollo cognitivo,
aprendizajes y juegos, y porque jamás
fue escuchado; y oculta
ese déficit de atención filio-parental diciendo estupideces,
sandeces, al primero que se le cruce
en su conflictiva realidad.

Así que hacete a un lado
si no querés que te haga tragar
de una trompada ese libro
que seguro no leíste,
porque estoy segura
que no lo entenderías.
Chau, ya no quedan más arrollados,
me llevo el último, hasta mañana.

Creo que aquí nació el amor.




lunes, 29 de junio de 2026

Infinito

Si no aprieto pausa
o si no me levanto
de mi silla
a cambiar la cinta,
la historia vuelve a repetirse
infinitas veces
desde sus comienzos
hasta llegar a su final
infinitas veces.

O hasta el final de los tiempos,
que es cuando se rompe la cinta
y una luz blanca nos ciega los ojos.




viernes, 26 de junio de 2026

Hay una mosca en el colectivo.

Hay una mosca en el colectivo.
No sé en qué momento subió.
Ella vuela en sentido contrario
al que avanza el colectivo,
como si buscara un asiento,
una ventana abierta.
Debería haber carteles para moscas,
así ellas sabrían por dónde bajar.

La mosca se impacienta
porque ve campo y campo.
¿Será una mosca de ciudad?
Es aquí donde tiene que bajar.
Aunque la mayoría de los asientos
están vacíos,
la mosca no se sienta.
No quiere acostumbrarse a esta comodidad
de viajar sentada.
«Tiene alas», pareciera decirme,
que no soporta esta demora.
Ahora mira la ventana que da al sol,
ahora se posa en el vidrio de la otra.
Pareciera ser la única
que no soporta el encierro.

Yo miro dónde tengo que bajar.
Me levanto, me aproximo a la puerta, toco timbre.
Espero que el colectivo se detenga.
La puerta se abre.
Espero que la mosca baje.
Ella me ha observado todo este tiempo;
agradece que le permita bajar primero.

El colectivo se va.
Yo miro a mi costado,
espero al cruzar.
Ya no la encuentro.
Una mosca pasa desapercibida en la ruta.
¿Cómo sabré que es la misma mosca
si la encuentro en otro viaje?
Esta mosca era distinta a las otras.
Algo me dice que sabía adónde iba.




miércoles, 24 de junio de 2026

vox populi

Nunca fue muy fiel que digamos,
pero tampoco era vox populi
que le metía los cuernos con medio pueblo:
en el trabajo, con los del club,
cuando estaba en el bar.
Con los amigos del club y de la sede social;
y cuando estaba en el club social
se cruzaba al bar para organizar alguna escapada
al primer cuartito desocupado de la zona.
En la casa, como en los lugares más variados.

Dicen que el matrimonio es la tumba del amor,
pero para ella fue su renacer sexual.
Nunca fue tan así,
pero saberse casada le dio como un empujoncito.
Todo era normal, hasta rutinario,
salvo cuando al fulano este, para una fecha,
se le dio por morirse.

Dicen que la muerte mejora a los difuntos;
pero con el de ella, fue tan así
que comenzó con abrirle los ojos.
Desde que murió, siente como que la miran
todo el tiempo desde el cielo
Eso la llenó de culpa, de saberse observada
hasta cuando está en el excusado.
Su presencia fantasmal no la dejaba en paz.
Hasta que una de esas noche no aguantó más
y se fue de madrugada al cementerio.

Saltó la tapia de una,
con uno, dos o tres más,
y ahí, sobre su tumba,
al lado del florero de vidrio
con el ramo de flores frescas del mediodía,
le volvió a meter los cuernos,
en presencia de todas
y todos las tumbas y lápidas del cementerio.
sin importar su género o condición.

Solo faltó esa noche, que la filmaran.