La mujer vampira
llega de noche,
nunca de día.
—No tenés que hacerte mala sangre —
me aconseja, con sabiduría,
que nunca leyó en una revista de psicología.
Son siglos que juntan el polvo
en sus alas.
—Entregaste tu alma
a una mujer vampira —
me dice aterrorizada una amiga,
con un iPhone sobre la mesa.
La mujer vampira
va por el aire,
cruza los mares.
Percibo la sal en su boca,
el frío del témpano en su piel.
—Solo me pide un poco de mi sangre.
Eso del alma es pura mentira —
me cuenta la mujer vampira—.
Un día morirás como cualquier hijo de vecina,
encontrarán tu cuerpo disecado
como una flor que se quedó sin su vida.
Me aguardarás por la noche;
siempre vendré,
como una gata hambrienta,
por una copa de tu sangre caliente.
Por un lecho frío de muerte
para dos.


