Calor. Ya nada deja de ser importante,
por lo menos hasta que pase el calor.
Abandonado el pudor por algo
que nos quite el calor,
el sueño de esa pileta olímpica
de seis escalones, a la vera de una mansión,
por esta otra de lona,
un poco más chica,
pero no por eso menos refrescante.
No importa que ya no esté en el fondo de casa
sino en el frente, pegada a la reja,
o en la calle, como un coche mal estacionado.
“Es para los chicos”, nos dice el hombre
que tiene medio cuerpo dentro de la pileta,
mientras se refresca tomando una cerveza en lata
y mira unos videos la tele
que sacó fuera de la casa;
con sus colores qled palideciendo a la resolana,
como un enfermo después de una temporada
sin ver el sol.
Es ahora cuando extrañamos
la sombra de nuestra planta del paraíso
del fondo de casa,
con los macetones
color terracota y los muebles de jardín;
y los plantines con sus flores
que regábamos a la hora de la fresca.
Que es donde vive ahora la Lili
con nuestros tres nietos, que,
pobrecitos, no saben qué es no tener un día
sin pasar calor,
salvo cuando refresca,
que es cuando se mueren de frío.
La gente desconoce su edad,
no tiene el paradero de la edad que tiene;
su cuerpo, tan alejado de la estética
como de su armonía.
Aquí es cuando se nota —previa visita al médico—
nuestra falta de glóbulos rojos,
los estragos de una sociedad
moderna, orientada al consumo,
que ya no cubre nuestras extensiones de pelo
ni tarjetas bancarias.
“El color cuero quemado es el color del verano”,
dice la radio, que no se ha olvidado
de decirnos boludeces que repite todo
el santo día como un loro rayado.
El color cuero es el color del verano
transpirado, choreando la gota gorda,
después de haberse clavado
dos choripanes
con bastante chimichurri,
de parado;
tostado, más o menos quemado,
vuelta y vuelta,
con un par de sillas y una que otra sombrilla,
rezago de algún boliche,kiosco que fundió.
Por eso
los elefantes marinos,
los lobos de ideen lugar
y las focas
—que supongo que también son de mar—
suben a los acantilados,
la zona más inhóspita de la playa,
y desde esas alturas nos observan
cual especie evolucionada que son.
Desde lejos nos miran asombrados:
“Esta fauna es peor que la del año pasado,
cada vez vuelven peores”.
Son como las tortugas, vuelven año tras año
a poner sus huevos en la playa.
Son tan peores, que ni el mar los mejora;
no hay mar con qué darles.
“Manténganse distantes”, dice Papá Lobo
a la manada más joven y a sus crías.
“No les den bola, que enseguida
van a venir a querer vendernos algo
como la libertad o la lucha de clases.
Si no, miren a la tía Nora,
que les llevó el apunte
y ahora está trabajando en Mundo Marino,
lejos de un acantilado, como de una puesta de sol,
por un arenque y una sardina.
Hagan ruidos guturales, fuertes rugidos guturales…
Eso los aleja”.
Esta lámina se escribió
cuando
en la zona hacía mucho calor,
las calles se derretían por los efluvios del dios Febo,
y los que habían hecho las cosas bien
durante el año
—según rezan las normas de Papá Capital—
estaban metidos en el mar, en playas
de arenas más o menos amarronadas,
con los pies en el barro, pero frescos.
Y se publicó cuando vino la fresca
y dejamos de usar la heladera;
para pasar a taparnos con frazada
y volver al uso y de cuellos polares.
Y los que se quedaron en el agua
por puro snob o capricho,
se enfermaron de una severa pulmonía.
Y es por eso, que es política editorial
no publicar esta clase de poemas que hablen,
ni se soslayen sobre el tiempo ni la política,
que por aquí —o sea, por esta zona— es tan cambiante.
Son poemas que no tienen mucha raigambre,
que pierden su vigencia
con la primera estación del año.



