Stydio ve a un policía con su perro.
«Oh... dog friendly».
El policía le dice al perro:
—¡Alto! —y el perro se detiene.
—¡Dame la pata! —y el perro se la da.
A su vez, el policía recibe una orden
de una voz en su walkie-talkie:
—¡Reprima la protesta!
—Quite las cámaras.
—Corra a los camarógrafos.
—Despeje la calle.
Y el policía sacó su bastón,
con ese, que se golpean las ideas.
Se le inyectan los ojos en sangre
y una baba, de la que ya habló Pávlov
en sus antiguos estudios de fisiología,
le chorrea por la comisura de su boca.
Un breve intermezzo,
que nos da tiempo a pedir un aperitivo,
ir a una tanda, o cambiar de canal,
—¿Cómo va, papá? ¿Qué hiciste hoy?
—¿Qué hiciste hoy, Tomi, en la escuela?
—Hoy aprendimos el Art. 14 bis de la Constitución Nacional.
—Y a vos... ¿se te terminaron las balas de goma
o necesitás que la ministro te compre más?
Porque a mí los lápices se me gastaron;
me cansé de pintar arcoíris de colores.



