miércoles, 22 de julio de 2026

Dibújame

—Dibújame
como realmente
me ven tus ojos.
A continuación ella
tomó su libreta de apuntes,
un lápiz HB2 y comenzó
a hacer unos trazos sobre el papel blanco.
—No vale mirar —me sugirió.
Y puse mi vista sobre el horizonte.

Noté que al final de la plaza,
cómo las voces de la ciudad
se comenzaban a acallar.
Los pasos de los caminantes
se hacían más lentos y aletargados.
Y las primeras farolas...
Algunos coches venían con sus luces encendidas
y las sombras comenzaban
a confundirse con una leve penumbra.

—Ya puedes mirar —me dijo.
Ahí estaba, en el papel mate,
los trazos de un insecto con seis patas,
con un simpático suéter azul,
con bigotes de gato y mirada soñadora.
Astutamente erguido
sobre dos de sus seis patas.
A punto de ser aplastado
por un gran pie
con la suela agujereada.




viernes, 17 de julio de 2026

Stydio no se siente solo

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lunes, 13 de julio de 2026

El lingüista y el fóbal

El lingüista y el fóbal

Si la gente, las personas
de por acá, que usualmente
hablamos un español americanizado,
traído de los pelos,
metido en el barro,
rescatado de la calle
durmiendo al sereno,
en vez de decir «¡Gooool!»
cada vez que celebramos
un tanto,
vencemos el arco contrario,
dijeramos «¡Metaaaaa!»,
habría menos fanatismo en el fútbol.
Eso cree el lingüista
Y muchas personas. No perderían
La cabeza, parte de su corazón,
por ver un partido de fútbol.
Le dolería la cabeza y los oídos
de tanto escuchar «meta»
cada vez que un equipo
vence al arquero contrario.
Todos sabemos que las metas
en la vida son ficticias,
puramente imaginarias
e impuestas.
Muy difíciles de alcanzar.
Solamente creadas
para mantenernos ocupados.
Como pelearse por una estrella
o un sol inabarcable
para nuestra conciencia,
que de solo mirarlo
te hace arder los ojos.




viernes, 10 de julio de 2026

Lamento decepcionarlos.

¿Cuál sería
su reacción
si escuchara
a una persona adulta
recitar el Padre Nuestro
en voz alta?
En vez de decirnos «buen día»,
nos recitara el Padre Nuestro
en nuestra solapa.

No ya en una iglesia,
que vendría a ser como en una cancha de fútbol.
Un templo donde sus simpatizantes veneran,
alientan a un Dios con sus cánticos,
algarabía, gozando de su localía;
donde solo juegan los locales
y sin visitante.
Donde sus feligreses mayormente ganan
por goleada o por penales.

Pero donde en la realidad,
fuera de la cancha,
pasa totalmente lo contrario.
Donde hay guerras, crisis financieras.
Donde Dios ni corta ni pincha.
Hay que esperar la luz roja para cruzar un semáforo,
sin importar si Dios está con nosotros
o estamos totalmente desamparados.

¿Dónde escuchó recitar el Padre Nuestro?
Al costado de una cama,
si quien estuviera hablando
tuviera nueve años,
o detrás de una puerta cerrada
de una habitación donde descansa
un anciano.

Pero no... Lamento decepcionarlos.
Este es un hombre adulto;
ha adoptado la religión,
católico, apostólica romana,
como su salvación.
Como quien toma vitamina C
para sentir los alivios de un resfriado.
Como un amuleto
que erige sobre lo desconocido.
Y no encuentra mejor tarea
que demostrárselo al mundo
y a sus allegados
recitándole el Padre Nuestro.
Así, de corrido, sin quitar
ni agregarle una coma,
como canta una calandria
arriba de su nido.
Como si estas estrofas,
ya tan gastadas de decirlo,
hubiesen perdido su significante.
Un mantra, un salvoconducto
a un posible paraíso.