Los presentes en esta reunión familiar
acordamos
de no hablar ni de política,ni de religión.
Nos sentamos
a la mesa con esa única condición.
que esta comida familiar
no se vea alterada, por un mitin político
o una manifestación religiosa.
Ricardo dice que iba a decir algo,
pero mejor no lo dice, porque no lo cree muy oportuno
En la otro extremo de la mesa, el señor Javier:
—Si abro la boca se enfrían los ravioles,
me altero y se me van las ganas de comer.
Mejor me reservo mi opinión
para otra oportunidad.
Otro dijo en la mesa:
—Ayer vi por la tele algo, pero creo que no puedo decir lo que vi.
Otro dijo casi lo mismo, pero que lo escuchó.
A otro le comentó un cliente, pero ahora no puede decir nada
lo que el cliente le dijo.
—Nunca dije nada, porque lo que podría llegar a decir
podría pecar de poco interesante.
Esto podría ser
mi oportunidad para decirlo,
pero si lo
pienso, mejor no lo digo.
—¡Decilo! —alienta la mayoría de la mesa,
aturdidos de tanto silencio—.
Ya que no podemos hablar ni política ni religión,
te escuchamos.
—Bueno, lo digo.
El más niño de la mesa
sin levantar su mirada del plato
y sin dejar de hacer
circulos concentricos ,
con el revés del tenedor dentro del tuco,
dijo:
—Siempre me gustaste, Mecha,
aunque seas mi prima mayor.
Aunque ahora me veas muy niño, te prometo crecer algún día,
si me querés demasiado.
Y aunque nunca podamos hablar de política ni religión,
podemos estar un tiempo largo
tomados de la mano.



