Cuando Stydio volvía a su casa
por un callejón poco frecuentado,
vio que una comitiva importante
lo aguardaba cerrándole el paso:
un tipo de traje
un poco ajustado con los botones
del saco desprendidos, y desalineado
con unos documentos
que creía importante que lo firmara.
Con él estaban unos diez muchachos
impacientes porque, según ellos,
lo estaban esperando para romperle la cara:
primos, hermanos, tíos, conocidos,
amigos y vecinos
de una señorita que no dejaba de lamentarse
de un romance equivocado.
El que estaba al frente de todos
ocupaba la mitad de la calle, dirigía la batuta.
Con una llave inglesa
que usaría, según él, para hacer justicia;
con llave propia o prestada de una obra.
No tardaría más de unas horas en regresarla,
sin un rasguño, pues a su parecer
y buen entender,
Stydio no es tan cabezadura.
Pesaba noventa y tantos kilos en ayunas,
y otros dos más después de comer.
La señorita llevaba un vestido
de novia desflecado, hecho ya girones,
no tanto por su uso,
sino por el paso del tiempo,
de los años de estar esperando;
que decía entre llantos y desmayos
que la había defraudado.
Junto a ella había una señora, más bien mayor,
que no sé qué trabajo no le había entregado
en tiempo y forma.
Y otra que no lo conocía,
pero por simpatizar con la turba
también había hecho la fila para fajarlo.
Cuando Stydio, viendo lo incómodo
de esta situación, volvió tras sus pasos,
vio que en la pared que estaba a su lado
llevaba esta leyenda escrita
en letras azules, fondo blanco:
«Jesús te ama».
Cuando el matón le dio alcance
también leyó la frase en cuestión en voz alta:
—«Jesús te ama»... Sí —aseveró el conspicuo,
aclarando a continuación,
como una burla al condendo—:
...Pero no te va a salvar de esta.
Esta era un puño que se asemejaba
al de un gigante, que hace las veces
de martillo, maza y garrote.
Y le asestó un tremendo golpe
que le llenó toda su cara de dedos.
Que al fin y al cabo
le sirvió de anestesia general.
Porque no sintió ni supo más nada;
ninguno de los demás golpes
que vinieron detrás del primero.
Tampoco supo cuántos fueron,
ni las horas que estuvo en el piso
ya casi del otro lado, más que en este,
el de los vivos.
Ni los días que estuvo convaleciente.
Cuando despertó,
fue cuando tuvo una sensación extraña
de plenitud por estar otra vez con vida,
pero a la vez desconcierto
por el tiempo perdido.
Y una extraña sensación,
como si tuviese cuatro patas,
una cola que no dejaba de moverse todo el tiempo,
y una gran madre
que lo limpiaba con su lengua por todo el cuerpo.
Cuando pudo comer por sus propios medios
—que fueron dos o tres meses—
le crecieron los dientes
y lo llamaron con otro nombre nuevo.
Volvió a pasar por esas casualidades
una tarde, por aquel paredón,
y volvió ver la misma frase
escrita en la pared:
«Jesús te ama».
Ya poco y nada esa frase le significaba.
Porque ese día
sabía que Leticia lo amaba,
y para él, el amor de Leticia
era importante.
Ya que era la misma Leticia
la que lo llevaba,
envuelto en una toalla
y dentro de una caja.


