Una vuelta más...
a ver si me está mirando. Jugábamos carreras
para ver quién llegaba primero.
Una bolita que nunca pierde,
una ganadora, que no se comparte con nadie.
Un motivo más para cagarse a piñas
en la vereda.
Hace diez años que ninguna piba
se mudaba al barrio.
Mirá si me voy
a perder a esta,
que se parece a la Rita Hayworth.
El paredón medía como diez metros de alto,
lucía inexpugnable, sin grafiti,
con vidrios y alambres de púas.
Todos los paredones son inútiles
para los gatos y los enamorados.
Resultó ser que no se llamaba Rita,
sino Viviana; Vivi, para cuando
la cita era muy pequeña
y no quería que me escucharan sus padres.
Era alta, encorvada;
lo que tenía de alta, le faltaba de desarrollada,
pero no me importaba: era mujer,
para mí eso era suficiente. Y estaba cerca,
del otro lado de la vereda,
como un kiosco las veinticuatro horas.
Era como si al sol se le ocurriese
cambiar de rumbo y, desde que llegó ella,
se le ocurriese asomar por el sur,
por arriba de su casa,
cegándome los ojos.
Haciendo todo el tiempo
visera con una mano
para poder mirarla.
Ayer estuve en su casa.
No quedó ni un rastro suyo
en el patio, ni una flor de alegría,
ni un sueño desordenado.
Si me vieras ahora, Viviana,
tan solitario y vencido...
Ya me han pasado tanto por encima
que ya ni recuerdo
ic esto era una carrera.
Como un gallo de riña,
solo me quedó la facha:
flaco y sin plumas.
Ni para la olla sirvo,
ni ánimo tengo de pelearme.
Que ya no puedo ni dar una vuelta
a la manzana,
ni con un andador, ni caminando
para disimular que te sigo esperando.


