Está siendo contenido
por su amiga; ambos
sentados en el mismo sillón
de dos plazas, en una habitación
despojada de prestigio y decoro:
paredes limpias, sin un cuadro
una araña con una tulipa quemada;
mesa con tres sillas, ventana con cortinado
.
Stydio dice:
—Me abandonó.
Ya no viene, hace meses que no sé de ella.
Si al menos pudiera saber
qué número va a salir esta noche en la quiniela,
así pego una. Pero no me sale nada,
todo me sale mal.
Ya son más de las ocho
y no se me
ocurre ningún número.
Así no voy a poder ganar
nunca a la quiniela;
por lo menos
sé que esta noche
no voy a perder.
El juego no es ninguna solución.
—No, solo el juego de rol. Quiero
que, por unas horas a la semana, seas Tulia.
Vengas a tomar unos mates, prepares la comida.
Una o dos veces a la semana.
Ahí tenés sus vestidos
y unos apliques para que te aumentes
las caderas y el busto. Acomódate el pelo
y listo; vos déjate llevar.
Tulia le gustaba escribir palabras, palabras
que después unía, sin un motivo aparente,
y así formaba poemas, que luego leímos
en la penumbra de la noche. Y eso que Tulia
era muy corta, limitada, a mi entender.
Le decía
que con esas palabras no eran suficientes.
Tulia,
con una cebolla y una papa, te hacía una comida
para diez personas.
Con tan poco tenía dos estudios, tres posgrados,
te hablaba en cinco idiomas y te manejaba
cinco empresas desde la casa.
Ahí tenés, te dejo sus vestidos.
Para la semana, la personifiqué.
Ponele honda, es solo para poder olvidarla,
tenerla un poco más, de su perfume
en esta habitación, saber de sus preferencias.
Hasta podrías aprender a escribir
como lo hacía ella, unos poemas.
—Sí —dijo la amiga para conformarlo—.
Pero cuando quiera venir como yo,
digo, ya no como Tulia...
—Eso quería avisarte —respondió Stydio—:
cuando vengas,
mándame una esquela. No vaya a ser
que ese día esté Tulia en casa
y arme alto bardo.
Porque no sabes, Tulia lo celosa que es.



