La tía María venía desde el barrio de Flores
de vez en cuando,
o cuando
se le atragantaba una nostalgia
y no la podía
hacer bajar con un trago de agua.
O más bien, cuando había
terminado de tejer
un pulóver,
viajaba en tren
con su regalo
Y con una palangana repleta
de ravioles caseros,
tapados
con un repasador
y un fardo
de ropa vieja que ya no le interesaba
tener en el ropero.
En ocasiones llegaba los domingos
o mas bien un día feriado.
Había mates, facturas y pastelitos
y miradas hacia el pasado.
Y les sobraba tiempo
para volver,
hacer el tuco para los ravioles.
Picaban la cebolla,
ajo, perejil, tomates de quinta
qué traía de pasada.
Todo se ponía a cocinar junto
junto con la carne al fuego.
Cuando el tuco, luego de varias
degustaciones, se daba el visto bueno,
se ponía el agua en una olla
para hervir los ravioles
que toda la noche
la tía María había estado amasando.
Stydio en eso
tuvo una conversación consigo mismo.
Se apartó del resto, o lo dejaron solo,
y en eso escuchó una voz
de una presencia fantasmal,
igualita a su padre pero un poco más viejo,
que le dijo, mientras agarraba la pava
del mate medio frío y se cebó un amargo:
—Yo sé que sos vegano y no comés carne —le dijo Stydio del futuro a Stydio—,
y te conmueve la mirada de un ciervo
y serías incapaz de apartar una oveja
de su cordero. Pero viendo los acontecimientos,
lo que este mediodía o tarde se está cocinando,
no sé con qué cara le vas a decir
a la tía María que no vas a comer los ravioles del domingo.
Porque si no comés estos ravioles,
te juro, como que conozco un poco todo esto,
te vas a arrepentir toda tu vida
de no devolverle a la tía María, con un poco,
lo mucho que te ha dado.
Tomó un pastelito hojaldre, que estaba solo, medio huérfano,
y lo levantó del plato para que lo acompañara,
y sin
mediar palabras ni un hasta luego,
rumbeó para otra parte.
Stydio entendió el mensaje, se sentó a la mesa,
dejo que pasara aire por su garganta,
lo bajó con un poco de agua,
se comió todo su plato de ravioles.
Como si esto no fuera suficiente,
limpió el tuco del plato con una rodaja de pan
y puso cara de estar escuchando.
y pidió un escarbadientes, de buen modo,
para tener una sonrisa decente.
Y se puso el pulóver tejido nuevo,
ese que le había regalado,
que para la época le quedaba grande,
que ahora no se lo saca ni cuando llega el verano.



