Ya había dejado de leerlo
antes de que le dieran el premio, ese, el de los príncipes,
o el de la Universidad de Princeton.
Que no osó rechazarlo; al contrario,
se apresuró a ir a buscarlo.
Fue el primero, como si tuviera miedo
de que, en una de esas, se hubiesen equivocado.
Se vistió para la ocasión, vestido de sir, lord;
querer ser un noble y no ser más que el mercader de Venecia.
Cómo le hubiese gustado escribir en otras lenguas que no detenta,
escribir en una lengua con mucho más prestigio.
No era un erudito, ni escribir sabía: dibujaba.
Hay gente que no aprende ni en toda una vida.
La vejez le pegó duro.
Empezó a salir con jovencitas y a tomar mate en la esquina,
a escribir por encargo: almaceneros, presidiarios,
a la muchedumbre iletrada.
Recortar y pegar no es dibujar.
Siempre fue un zurdo que dibujaba con la derecha.
En las últimas ferias del cómic
firmaba lo que le acercaban:
mesas, sillas, paredes y veredas de hormigón fresco, pelotas de fútbol.
Le encantaba estampar su firma, más que escribir una idea.
Tenía varias, improvisaba.
Más que firmar, dibujaba:
grillos, florcitas, aeroplanos.
Le llevé una revista Gente
y la firmó, como si fuese una obra suya.
Estaba solo, no tenía representante, ni editorial.
Ni gatos tenía, animal
que comúnmente se jactan de tener los escritores.
«Los pájaros no son de nadie», se jactaba.
Se jactaba de su soledad, de su mirada triste,
de su mirada ahogada en una lágrima,
de su pena en sombras.
Pero ni ahí era feliz, ni aun siendo él,
actuando en la piel de su personaje.
No le creí nada. Di unos pasos fuera de su stand,
lo volví a ver desde lejos
y vi que todavía sonreía.



