Para finalizar, una última pregunta,
así no le interrumpimos más Dr., su siesta veraniega:
¿los crotos se enamoran?
Los crotos no tenemos tiempo para enamorarnos.
Entre atardeceres y mates,
la vida se nos pasa mirándonos
para adentro.
Pero usted se enamoró alguna vez,
quizás en su juventud,
ya no la recuerde.
Fíjese que uno nace
para morirse.
Y uno nace de una madre
y no de un cactus
o de un rincón de la tierra.
Sería distinto si así fuese,
pero uno nace de una madre.
De dos que una vez estuvieron juntos,
enamorados.
Y uno es uno, siempre va a ser uno,
hasta que la vida se acabe,
hasta que el paisaje se nos termine.
En ese andar en nosotros,
es una espina con la que uno debe lidiar.
De tanto andar, uno se va acostumbrando
a renguear, a ese andar rengo,
y ese dolor de tanto estar con nosotros
se nos vuelve una compañía.
En esa incomodidad se nos forma un callo,
casi un rasgo en nosotros,
como lo es un acento,
la forma de mirar el mundo.
¿Y a usted, señor periodista, le pagan por esto?



