viernes, 4 de septiembre de 2026

Cuando Stydio volvía a su casa

Cuando Stydio volvía a su casa
por un callejón poco frecuentado,
vio que una comitiva importante
lo aguardaba cerrándole el paso:
un tipo de traje
un poco ajustado con los botones
del saco desprendidos, y desalineado
con unos documentos
que creía importante que lo firmara.
Con él estaban unos diez muchachos
impacientes porque, según ellos,
lo estaban esperando para romperle la cara:
primos, hermanos, tíos, conocidos,
amigos y vecinos
de una señorita que no dejaba de lamentarse
de un romance equivocado.

El que estaba al frente de todos
ocupaba la mitad de la calle, dirigía la batuta.
Con una llave inglesa
que usaría, según él, para hacer justicia;
con llave propia o prestada de una obra.
No tardaría más de unas horas en regresarla,
sin un rasguño, pues a su parecer
y buen entender,
Stydio no es tan cabezadura.
Pesaba noventa y tantos kilos en ayunas,
y otros dos más después de comer.
La señorita llevaba un vestido
de novia desflecado, hecho ya girones,
no tanto por su uso,
sino por el paso del tiempo,
de los años de estar esperando;
que decía entre llantos y desmayos
que la había defraudado.
Junto a ella había una señora, más bien mayor,
que no sé qué trabajo no le había entregado
en tiempo y forma.
Y otra que no lo conocía,
pero por simpatizar con la turba
también había hecho la fila para fajarlo.

Cuando Stydio, viendo lo incómodo
de esta situación, volvió tras sus pasos,
vio que en la pared que estaba a su lado
llevaba esta leyenda escrita
en letras azules, fondo blanco:
«Jesús te ama».
Cuando el matón le dio alcance
también leyó la frase en cuestión en voz alta:
—«Jesús te ama»... Sí —aseveró el conspicuo,
aclarando a continuación,
como una burla al condendo—:
...Pero no te va a salvar de esta.
Esta era un puño que se asemejaba
al de un gigante, que hace las veces
de martillo, maza y garrote.
Y le asestó un tremendo golpe
que le llenó toda su cara de dedos.

Que al fin y al cabo
le sirvió de anestesia general.
Porque no sintió ni supo más nada;
ninguno de los demás golpes
que vinieron detrás del primero.
Tampoco supo cuántos fueron,
ni las horas que estuvo en el piso
ya casi del otro lado, más que en este,
el de los vivos.
Ni los días que estuvo convaleciente.

Cuando despertó,
fue cuando tuvo una sensación extraña
de plenitud por estar otra vez con vida,
pero a la vez desconcierto
por el tiempo perdido.
Y una extraña sensación,
como si tuviese cuatro patas,
una cola que no dejaba de moverse todo el tiempo,
y una gran madre
que lo limpiaba con su lengua por todo el cuerpo.
Cuando pudo comer por sus propios medios
—que fueron dos o tres meses—
le crecieron los dientes
y lo llamaron con otro nombre nuevo.

Volvió a pasar por esas casualidades
una tarde, por aquel paredón,
y volvió ver la misma frase escrita en la pared:
«Jesús te ama».
Ya poco y nada esa frase le significaba.
Porque ese día
sabía que Leticia lo amaba,
y para él, el amor de Leticia
era importante.
Ya que era la misma Leticia
la que lo llevaba,
envuelto en una toalla
y dentro de una caja.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sin menciones ni premios

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lunes, 31 de agosto de 2026

Una vez estuvo un circo

Una vez estuvo un circo.
Vinieron levantando polvareda
y como un día llegaron,
otro más luego, se fueron
con el mismo polvo
que le fue haciendo estela
al costado del camino,
como si se fueran en un cometa.
Tirando propaganda, hicieron
funciones gratis, estuvieron una semana;
no vaya a creer que estuvieron tanto.

Pero del apuro se olvidaron
a Alicia. Se la olvidaron
o ella misma se bajó del carromato.
Ella, y con unos bagayos,
se fue a parar a lo del Hilario.
Para que no
extrañase las acrobacias,
el Hilario le hizo un columpio
dentro del rancho.
Era un espectáculo verla a la Alicia
cómo se subía
arriba del molino para arreglarlo.
Se daba maña para todo,
eso lo aprendió
en su vida del circo.

Hasta aprendió a domar leones,
pero eso fue un fracaso:
los ha amansado tanto
que le dijeron
que se le había ido la mano.
Eran tan lindos los tigres estos
que hasta salían solitos
a comprar el diario.
Bailaban chacarera y zapateaban
malambo.

No sé si extraña esa vida nómade
que llevaba en el circo,
eso de andar girando como cardo seco
sin quedarse en ningún lado.
Vaya uno a saber qué le picó a la Alicia,
qué bicho raro hay en este poblado.




viernes, 28 de agosto de 2026

Primero envió a nuestro perro

Primero envió a nuestro perro
a una escuela canina
para adiestramiento.
Como los resultados,
para su entender,
fueron óptimos,
el perro más que ladrar, escuchaba.
Había aprendido
a entender; hasta su mirada
tenía un dejo de inteligencia,
de suspicacia.
Antes era un perro cobarde,
más bien todo lo asustaba;
ahora había vuelto decidido,
contagiaba confianza.
Esperaba la comida sin ansiedad,
como un monje
aprende a recibir
lo que cada momento
del día tiene para enseñarle.

Sin tardanza, consiguió del mismo
instituto, trajo una tarde,
un prospecto que puso
ante mis ojos, una foto
de una familia que sonríe:
un niño en regazo
del padre y madre juntos
compartiendo una tarde.
Otra era un padre y un niño
dando un paseo por un camino,
en un triciclo, iluminados
por la luz, de una puesta de sol.
El prospecto, en título destacado,
decía bien clarito:
«Adiestramiento de esposos
y/o concubinos.
No sufra más».

Retrocedí espantado.
Trastabillé, fui a parar al piso
y ella, junto al perro,
cruzaron miradas.
Era más que evidente:
se habían confabulado
contra mí.
Primero me negué terminantemente.
Supuse que era un chiste,
me reí como un desgraciado;
mas luego dije que no tenía gracia.
—No, no la tiene —me contestó
con la frialdad con que se le pone
a un loco su chaleco de fuerza,
o a un condenado a muerte se le
alcanza el último cigarro.

Objeté con razones.
Asumí mi libertad como individuo,
derechos constitucionales;
hasta advertí que me marcharía
de la casa dando un portazo.
La puerta se abrió de par en par
y se volvió a cerrar
muy tristemente.
No hubo diálogos por días.
Me encerré bajo llave,
me negué a probar bocado,
a tomar agua.

Me sugirió
que un buen entrenamiento
aumentaría el pedigree de nuestros hijos,
solventaría todas
las dudas para nuestro futuro.
Eso me lo decía
mientras me colocaba un collar
alrededor de mi cuello,
me preparaba una vianda
con una naranja partida
y una porción de tortilla de papas.
Mientras me acompañaba
a la puerta, a la espera
de un bus naranja.