Stydio vive con su madre.
esto sería algo normal
si no fuese
porque la madre de Stydio
hace 20 años que murió.
Stydio es una persona amable, un poco retirada,
siempre dispuesto a tener una conversación con extraños.
Cuando un vendedor llama a su puerta,
Stydio, sale, le pregunta que quiere,
y vuelve a entrar, para. preguntale a su madre
si es que necesita algo.
Stydio, a continuación ,sale y dice: —Dijo mi madre que hoy no necesita nada, gracias.
Stydio mantiene conversaciones tan dislocadas como estas:
—Mi madre no quiere que entres a casa.
—A mi madre no le gustan los pelos de los gatos.
—¿Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? No, gracias. Mi madre dice que Dios no existe.
Hubo una vez un vecino que quiso interiorizarse sobre el tema
de cómo es que los muertos, despues de muerto, aún hablan,
Entró a la casa, de un empujón abrió la puerta
para oir con sus propios oidos, cómo es esto de la cuarta dimensión.
Apenas dio unos pasos, sobre el pizo de madera de haya recien encerado ,
cuando una voz gélida y antigua se oyó en todas partes y ninguna: "—Qué falta de respecto y educación—".
Stydio a todo esto, estaba en la puerta de calle,
al lado del portón de rejas, esperando.
mientras contaba hasta diez, uno, dos..,
fue cuando vio salir a este hombre de la casa,
trasfigurado, con la expresión de haber visto un fantasma.
Cuentan que este fulano estuvo cinco meses sin hablar,
haciéndose encima y comiendo de una pajilla.
Esto no terminó acá, porque hubo una denuncia
con una orden de allanamiento.
Cinco patrulleros, más de diez policías.
Una mañana le pidieron a Stydio que abriera la puerta;
entraron con una hoja y una orden de un juez.
—Pasen —les dijo Stydio—, madre los está esperando.
Eran quince policías con cascos y armas largas.
Como es costumbre,
Stydio los esperó con buen semblante y con la puerta abierta.
Esta vez no llegó a contar hasta cinco;
cuando apenas había contado hasta tres,
salió el primer oficial llorando, trastabillando, en un grito,
golpeándose unos con otros; el último pidiendo que, por favor, no lo dejaran.
Llegaron así, a duras penas, hasta la vereda de la antigua casona sin poder mantenerse de pie.
Todos se dejaron caer sobre la calzada;
la mayoría se había orinado, perdido parte de su equipamiento;
estaban gimoteando, con movimientos espasmódicos,
tiritando de frío y miedo, con la mirada en blanco, perdida en el vacío:
"Eran quince chiquillos que un día sus padres olvidaron ir a buscar a la escuela".



