lunes, 26 de octubre de 2026

14 de febrero

14 de febrero
es el día del año
en que el macho
marca su territorio,
estaciona su auto
junto a una puerta,
saca de la nada
un viaje a la costa,
agasaja a su prometida
con una cena con ostras
junto a la luz romántica
de unas velas.

15 de febrero
es el día en que la hembra
muestra su triunfo,
cuenta las rosas que hay en un ramo,
la foto sacada desde una cama
con un desayuno,
la panorámica de una postal
desde una ventana,
un pasaje de avión...
la carroza real tirada por seis ratones.




viernes, 23 de octubre de 2026

Ya había dejado de leerlo

Ya había dejado de leerlo
antes de que le dieran el premio, ese, el de los príncipes,
o el de la Universidad de Princeton.
Que no osó rechazarlo; al contrario,
se apresuró a ir a buscarlo.
Fue el primero, como si tuviera miedo
de que, en una de esas, se hubiesen equivocado.
Se vistió para la ocasión, vestido de sir, lord;
querer ser un noble y no ser más que el mercader de Venecia.
Cómo le hubiese gustado escribir en otras lenguas que no detenta,
escribir en una lengua con mucho más prestigio.
No era un erudito, ni escribir sabía: dibujaba.
Hay gente que no aprende ni en toda una vida.

La vejez le pegó duro.
Empezó a salir con jovencitas y a tomar mate en la esquina,
a escribir por encargo: almaceneros, presidiarios,
a la muchedumbre iletrada.
Recortar y pegar no es dibujar.
Siempre fue un zurdo que dibujaba con la derecha.
En las últimas ferias del cómic
firmaba lo que le acercaban:
mesas, sillas, paredes y veredas de hormigón fresco, pelotas de fútbol.
Le encantaba estampar su firma, más que escribir una idea.
Tenía varias, improvisaba.
Más que firmar, dibujaba:
grillos, florcitas, aeroplanos.
Le llevé una revista Gente
y la firmó, como si fuese una obra suya.

Estaba solo, no tenía representante, ni editorial.
Ni gatos tenía, animal
que comúnmente se jactan de tener los escritores.
«Los pájaros no son de nadie», se jactaba.
Se jactaba de su soledad, de su mirada triste,
de su mirada ahogada en una lágrima,
de su pena en sombras.
Pero ni ahí era feliz, ni aun siendo él,
actuando en la piel de su personaje.
No le creí nada. Di unos pasos fuera de su stand,
lo volví a ver desde lejos
y vi que todavía sonreía.




miércoles, 21 de octubre de 2026

Vos no sos medio pariente

—¿Vos no sos medio pariente?
del tipo ese que vive por la calle Alberdi,
que se la pasa puteando a todo el mundo
—¡Sí! Es el hijo de mil putas de mi primo.
¿Qué mierda queres saber?
—Lo vi muy viejito los otros días.
¿No sabés con quién vive?
—Vive con el hijo de mil putas de un sobrino
y la recalcada cajeta de su nuera,
¡y la puta madre que lo remil parió!
—Che, ¿no sabés si quiere vender la casa?
—Sí, la quieren vender.
Pero no vayas, porque te va a cagar a puteadas
el hijo de mil putas y la reputa madre que te remil parió.




lunes, 19 de octubre de 2026

La tía María venía desde el barrio de Flores

La tía María venía desde el barrio de Flores
de vez en cuando, o cuando se le atragantaba una nostalgia
y no la podía
hacer bajar con un trago de agua.
O más bien, cuando había
terminado de tejer un pulóver,
viajaba en tren con su regalo
Y con una palangana repleta de ravioles caseros,
tapados con un repasador
y un fardo de ropa vieja que ya no le interesaba
tener en el ropero.
En ocasiones llegaba los domingos
o mas bien un día feriado.

Había mates, facturas y pastelitos
y miradas hacia el pasado.
Y les sobraba tiempo
para volver, hacer el tuco para los ravioles.
Picaban la cebolla,
ajo, perejil, tomates de quinta
qué traía de pasada.
Todo se ponía a cocinar junto
junto con la carne al fuego.
Cuando el tuco, luego de varias
degustaciones, se daba el visto bueno,
se ponía el agua en una olla
para hervir los ravioles
que toda la noche
la tía María había estado amasando.

Stydio en eso
tuvo una conversación consigo mismo.
Se apartó del resto, o lo dejaron solo,
y en eso escuchó una voz
de una presencia fantasmal,
igualita a su padre pero un poco más viejo,
que le dijo, mientras agarraba la pava
del mate medio frío y se cebó un amargo:
—Yo sé que sos vegano y no comés carne —le dijo Stydio del futuro a Stydio—,
y te conmueve la mirada de un ciervo
y serías incapaz de apartar una oveja
de su cordero. Pero viendo los acontecimientos,
lo que este mediodía o tarde se está cocinando,
no sé con qué cara le vas a decir
a la tía María que no vas a comer los ravioles del domingo.
Porque si no comés estos ravioles,
te juro, como que conozco un poco todo esto,
te vas a arrepentir toda tu vida
de no devolverle a la tía María, con un poco,
lo mucho que te ha dado.
Tomó un pastelito hojaldre, que estaba solo, medio huérfano,
y lo levantó del plato para que lo acompañara,
y sin mediar palabras ni un hasta luego,
rumbeó para otra parte.

Stydio entendió el mensaje, se sentó a la mesa,
dejo que pasara aire por su garganta,
lo bajó con un poco de agua,
se comió todo su plato de ravioles.
Como si esto no fuera suficiente,
limpió el tuco del plato con una rodaja de pan
y puso cara de estar escuchando.
y pidió un escarbadientes, de buen modo,
para tener una sonrisa decente.
Y se puso el pulóver tejido nuevo,
ese que le había regalado,
que para la época le quedaba grande,
que ahora no se lo saca ni cuando llega el verano.