viernes, 28 de agosto de 2026

Primero envió a nuestro perro

Primero envió a nuestro perro
a una escuela canina
para adiestramiento.
Como los resultados,
para su entender,
fueron óptimos,
el perro más que ladrar, escuchaba.
Había aprendido
a entender; hasta su mirada
tenía un dejo de inteligencia,
de suspicacia.
Antes era un perro cobarde,
más bien todo lo asustaba;
ahora había vuelto decidido,
contagiaba confianza.
Esperaba la comida sin ansiedad,
como un monje
aprende a recibir
lo que cada momento
del día tiene para enseñarle.

Sin tardanza, consiguió del mismo
instituto, trajo una tarde,
un prospecto que puso
ante mis ojos, una foto
de una familia que sonríe:
un niño en regazo
del padre y madre juntos
compartiendo una tarde.
Otra era un padre y un niño
dando un paseo por un camino,
en un triciclo, iluminados
por la luz, de una puesta de sol.
El prospecto, en título destacado,
decía bien clarito:
«Adiestramiento de esposos
y/o concubinos.
No sufra más».

Retrocedí espantado.
Trastabillé, fui a parar al piso
y ella, junto al perro,
cruzaron miradas.
Era más que evidente:
se habían confabulado
contra mí.
Primero me negué terminantemente.
Supuse que era un chiste,
me reí como un desgraciado;
mas luego dije que no tenía gracia.
—No, no la tiene —me contestó
con la frialdad con que se le pone
a un loco su chaleco de fuerza,
o a un condenado a muerte se le
alcanza el último cigarro.

Objeté con razones.
Asumí mi libertad como individuo,
derechos constitucionales;
hasta advertí que me marcharía
de la casa dando un portazo.
La puerta se abrió de par en par
y se volvió a cerrar
muy tristemente.
No hubo diálogos por días.
Me encerré bajo llave,
me negué a probar bocado,
a tomar agua.

Me sugirió
que un buen entrenamiento
aumentaría el pedigree de nuestros hijos,
solventaría todas
las dudas para nuestro futuro.
Eso me lo decía
mientras me colocaba un collar
alrededor de mi cuello,
me preparaba una vianda
con una naranja partida
y una porción de tortilla de papas.
Mientras me acompañaba
a la puerta, a la espera
de un bus naranja.




jueves, 27 de agosto de 2026

Los sueños de Neptuno. Hoy: "Una chica de tapa"

El 17 de agosto cumplia años todos los años Atilio,
que era cuñado y amigo de mi padre.
Los dos eran de Leo.
Eran o son... en un sueño son,
porque esto que les narro está sucediendo en el presente.
En este sueño hay muchas reflexiones;
reflexiono a medida que el sueño se va realizando.
Por ejemplo, no es mi casa, pero en el sueño sí lo es.
Está Atilio sentado en una gran mesa con una alfombra
tejida en el suelo de un comedor.
Esta imagen es como si la viese desde arriba:
justo en el centro de la sala donde está la mesa,
se velaron varios cajones con sus respectivos muertos.
Pienso si no es de mala suerte velar muertos en una casa.
No, pienso para mí: si se lava bien el piso,
mala suerte es para las funerarias
perder un cliente que solo se va a morir una sola vez.
No debe hacerles mucha gracia.
Además, no creo en la mala fortuna, etc., etc.

En el sueño reflexiono sobre el tomar vino y la mala bebida.
Que mi padre, junto con sus amigos, eran de Leo.
Cuando estaban sobrios eran personas muy de sol,
eran el centro del sistema.
La vida, el mundo, giraba alrededor suyo.
Salvo cuando tomaban, que daban lástima.
Lástima a los ojos de Stydio.
Stydio, que no necesita tomar para dar lástima:
el dar lástima le sale naturalmente.
Además, si hay algo que no soporta es hablar
con alguien que perdió su compostura,
que está cansado, incómodo,
al que más bien le vendría echarse un sueño
que quedarse despierto y seguir tomando.

Alguien dejó sobre la mesa un ejemplar de una revista
donde en la tapa hay una mujer desnuda.
Stydio ojea esta revista, pero no encuentra el desnudo de tapa;
en cambio, encuentra muchas hojas con publicidad y propaganda.
Stydio piensa cómo vende esta revista.
Las últimas páginas de la revista traen solo hojas en blanco,
con el nombre de modelos inexistentes en su cabecera.
¿Será para dibujar en estas hojas?
Y ya al final hay otras hojas en blanco con renglones,
que son para escribir. Reflexiono.

Ahora estoy en otro lugar.
Puede ser una cocina, escuchando cómo una mujer
—que me resulta conocida porque estuvo en una de esas revistas—
cuenta que estaba en una reunión tomando vino
y tuvo que volver a la casa: se largó una lluvia y tenía ropa colgada.
Hace unos meses atrás tuvo una tapa en una revista
con solo una publicación. Se pagó un año sabático,
recorrió parte de la selva y el río Amazonas.
Ella con su novio, los dos en una carpa.
Según cuenta en el sueño,
su novio tiene una operación de corazón
y es trasplantado; eso no significa que va a esperar la muerte sentado.

El sueño sigue. Voy por la avenida San Martín,
doblo por la calle Lavalle, y ahí, en una diagonal que no existe
en la realidad, pero sí en el sueño, es donde es de noche.
Hay un chino con un grupo comando; es una emboscada.
Me defiendo con mi mano, que coloco en forma de revólver, y disparo
diciendo: «¡Pum, pum! !». El chino acusó el disparo y se hace el muerto.
Estoy jugando a la guerra, eso pienso en el sueño.

Ahora soy un delivery.
Estoy probando un potenciador muscular para andar en cuatro patas.
En una mochila tengo un grupo de sensores, potenciómetros,
para utilizar la fuerza de mi manos.
Recorro cien metros sin cansarme.
Ahora me pongo de pie, camino erguido otros más.
«Esto va a ser un éxito», lo afirmo.

Ahora está la misma mujer de antes, sentada sobre unos escombros,
hablando con un grupo de skaters que han dejado de hacer acrobacias
para escucharla. Continúa hablando de su novio,
de su largo viaje en el que recorrió el mundo
y los ríos más salvajes, llegando así hasta la frontera de la civilización.
Llegando de regreso por la provincia de Entre Ríos,
le agarró una lluvia, días de humedad y frío,
y su novio cayó con una gripe fulminante.
Por suerte estaban cerca los mejores centros médicos y de alta complejidad.

Ella dice que su novio busca siempre superarse;
para él, la vida es no hallar límites.
Y eso para Stydio es como si le hubiesen puesto el dedo en la llaga.
Que es cómodo como gato castrado,
que no abandona su sillón ni aunque lo prendan fuego.
Que no puede cerrar la boca una vez que le pincharon
ahí donde más le duele. Empieza a hablar.
¿Quién le preguntó su opinión?
Los límites de Stydio son las alturas,
y ahí me conozco. Estoy actuando, recitando un libreto.
¿Para impresionarla? Impresionarme... no sé.
Suerte que estoy cerca de casa, justo a minutos...
¿qué digo minutos? Segundos de despertarme.




lunes, 24 de agosto de 2026

Me voy

Me voy donde conviven
los gavilanes, búhos y murciélagos
por la tarde-noche.
Con despensas de barrio,
casas abandonadas
y libretas de fiado.
Como era todo antes.
Antes de que llegara
el progreso,
más o menos
treinta años atrás.
Solo a cinco cuadras de casa
se entra por un hueco,
falla geológica,
pasaje secreto.
Y se sale con mucho cuidado
de cerrarlo, para que
no haya corriente de aire.
A unos espacios abiertos, interminables,
una panacea de inmobiliarias y conquistadores.

Por aquí los chicos corren y juegan
sin que a nadie se le haya
ocurrido hacer una plaza.
Y no se puede dejar
nada abierto, cercado
por miradas adultas,
porque se pueden escapar.
Y ustedes no saben
el desastre que haría por aquí
una PlayStation.




viernes, 21 de agosto de 2026

Te ato porque te quiero

Te ato porque te quiero,
como te ato a una hoja seca
del otoño, para que no
te pierdas en invierno.
A un sillón viejo, destartalado,
que solo sirve para atarte,
nada más,
porque en él ya no se quiere
sentar nadie,
como en esta casa
nadie se quiere quedar.

Te ato porque el mundo te ata
a su manera, te retiene,
te lleva con sus vientos
como una corriente subterránea
te lleva al mar.
Te ato porque te marchas
en cada paso que das.
Y yo te ato para que no te muevas,
te ato para que no te caigas,
te ato porque no puedes cambiar,
te ato para que no te pierdas,
para no andar por la casa
como si te estuviera buscando,
como si no te hubiese atado jamás.

Te ato para que no te extravíes,
como ato un pensamiento a una hoja,
una figura a una piedra,
el mármol a una columna.
Te ato, te vivo atando.
Cada palabra mía es una cuerda más
que se ciñe a tu cuerpo,
como una frazada pesada
que no te deja levantar.