El 17 de agosto cumplia años
todos los años Atilio,
que era cuñado y amigo de mi padre.
Los dos eran de Leo.
Eran o son... en un sueño son,
porque esto que les narro está sucediendo en el presente.
En este sueño hay muchas reflexiones;
reflexiono a medida que el sueño se va realizando.
Por ejemplo, no es mi casa, pero en el sueño sí lo es.
Está Atilio sentado en una gran mesa con una alfombra
tejida en el suelo de un comedor.
Esta imagen es como si la viese desde arriba:
justo en el centro de la sala donde está la mesa,
se velaron varios cajones con sus respectivos muertos.
Pienso si no es de mala suerte velar muertos en una casa.
No, pienso para mí: si se lava bien el piso,
mala suerte es para las funerarias
perder un cliente que solo se va a morir una sola vez.
No debe hacerles mucha gracia.
Además, no creo en la mala fortuna, etc., etc.
En el sueño reflexiono sobre el tomar vino y la mala bebida.
Que mi padre, junto con sus amigos, eran de Leo.
Cuando estaban sobrios eran personas muy de sol,
eran el centro del sistema.
La vida, el mundo, giraba alrededor suyo.
Salvo cuando tomaban, que daban lástima.
Lástima a los ojos de Stydio.
Stydio, que no necesita tomar para dar lástima:
el dar lástima le sale naturalmente.
Además, si hay algo que no soporta es hablar
con alguien que perdió su compostura,
que está cansado, incómodo,
al que más bien le vendría echarse un sueño
que quedarse despierto y seguir tomando.
Alguien dejó sobre la mesa un ejemplar de una revista
donde en la tapa hay una mujer desnuda.
Stydio ojea esta revista, pero no encuentra el desnudo de tapa;
en cambio, encuentra muchas hojas con publicidad y propaganda.
Stydio piensa cómo vende esta revista.
Las últimas páginas de la revista traen solo hojas en blanco,
con el nombre de modelos inexistentes en su cabecera.
¿Será para dibujar en estas hojas?
Y ya al final hay otras hojas en blanco con renglones,
que son para escribir. Reflexiono.
Ahora estoy en otro lugar.
Puede ser una cocina, escuchando cómo una mujer
—que me resulta conocida porque estuvo en una de esas revistas—
cuenta que estaba en una reunión tomando vino
y tuvo que volver a la casa: se largó una lluvia y tenía ropa colgada.
Hace unos meses atrás tuvo una tapa en una revista
con solo una publicación. Se pagó un año sabático,
recorrió parte de la selva y el río Amazonas.
Ella con su novio, los dos en una carpa.
Según cuenta en el sueño,
su novio tiene una operación de corazón
y es trasplantado; eso no significa que va a esperar la muerte sentado.
El sueño sigue. Voy por la avenida San Martín,
doblo por la calle Lavalle, y ahí, en una diagonal que no existe
en la realidad, pero sí en el sueño, es donde es de noche.
Hay un chino con un grupo comando; es una emboscada.
Me defiendo con mi mano, que coloco en forma de revólver, y disparo
diciendo: «¡Pum, pum! !». El chino acusó el disparo y se hace el muerto.
Estoy jugando a la guerra, eso pienso en el sueño.
Ahora soy un delivery.
Estoy probando un potenciador muscular para andar en cuatro patas.
En una mochila tengo un grupo de sensores, potenciómetros,
para utilizar la fuerza de mi manos.
Recorro cien metros sin cansarme.
Ahora me pongo de pie, camino erguido otros más.
«Esto va a ser un éxito», lo afirmo.
Ahora está la misma mujer de antes, sentada sobre unos escombros,
hablando con un grupo de skaters que han dejado de hacer acrobacias
para escucharla. Continúa hablando de su novio,
de su largo viaje en el que recorrió el mundo
y los ríos más salvajes, llegando así hasta la frontera de la civilización.
Llegando de regreso por la provincia de Entre Ríos,
le agarró una lluvia, días de humedad y frío,
y su novio cayó con una gripe fulminante.
Por suerte estaban cerca los mejores centros médicos y de alta complejidad.
Ella dice que su novio busca siempre superarse;
para él, la vida es no hallar límites.
Y eso para Stydio es como si le hubiesen puesto el dedo en la llaga.
Que es cómodo como gato castrado,
que no abandona su sillón ni aunque lo prendan fuego.
Que no puede cerrar la boca una vez que le pincharon
ahí donde más le duele. Empieza a hablar.
¿Quién le preguntó su opinión?
Los límites de Stydio son las alturas,
y ahí me conozco. Estoy actuando, recitando un libreto.
¿Para impresionarla? Impresionarme... no sé.
Suerte que estoy cerca de casa, justo a minutos...
¿qué digo minutos? Segundos de despertarme.