el hombre que permanecía,
junto a la calle
recostado en el suelo
con su dorso apoyado sobre una pared.
Y a sus pies tenía un cartón
a modo de cartel,
con letras en pintura negra
que decía: «Necesito trabajar,
tengo 3 hijos, una madre enferma
y un sinfín de enemigos».
El cartel estaba a sus pies.
Un hombre de aspecto
distinguido se detuvo a observarlo.
Y con una voz de mando
que solo se la da una clase,
le dijo que lo siguiera
porque tenía un trabajo
que ofrecerle. El hombre
que permanecía en el suelo
se levantó de un salto,
recogió sus bagayos
y apresuró el paso,
pues el caballero no lo esperaba.
Mientras tanto, el hombre
le seguía agradeciendo
con mil cumplidos su buena acción.
Pues salvar a otro hombre
de su desesperación
no es poca cosa.
—No me agradezcas tanto —
le dijo el hombre de traje—.
El trabajo que te ofrezco, es para que trabajes
en una mina de carbón. Los que trabajan allí
no duran demasiado, dos o tres años,
por una extraña enfermedad
que les afecta los pulmones.
Si no mueren antes aplastados
por un derrumbe.
Los niños que me dijo que tienes, tres si no entendí mal,
porque si son lo suficientemente grandes
y tienen más de seis años,
los puedes traer a trabajar contigo.
Es insoportable el clima de esta ciudad
en invierno, no se puede estar
la lluvia y esta humedad.
Por suerte ya vienen mejores días
para pasear en galera.
No veo la hora de que vuelva el sol.
Deberías tener una casa a las afueras de la ciudad:
es increíble cómo cambia el aire
a cincuenta kilómetros de Londres.

No hay comentarios:
Publicar un comentario