Viven en el campo, se alejaron de todo:
del smog, de la 9 de Julio, del ruido.
Recorrieron cientos y cientos de kilómetros
por una ruta que hiere el paisaje de muerte,
con un sol dorado por único testigo,
nubes de cielo, de pájaros y de polvo.
Pasto y más pasto agreste con las cuatro estaciones;
con un atardecer hacia el oeste y un amanecer muy temprano por el este.
Por las noches, un viento norte cálido; y por la madrugada, un viento sur helado.
Vivir aquí no les acarrea ninguna dificultad
si no fuera porque ambos son exhibicionistas.
Si no tuvieran ese amor propio
fijado en la mirada ajena,
esa postrimería de lo cercano y prohibido.
De un tiempo a esta parte les ha bajado la libido a límites insospechados.
—No es la edad —se dijeron el uno al otro—.
—No somos nosotros —aseguraron convencidos—: es esto.
Y ahí estaba la pampa gringa:
dos o tres fierros viejos
del año del ñaupa, oxidados,
el ombú
y el rancho con la última tecnología,
mudos testigos de su drama.
Insistieron, no lo voy a negar yo,
que de la libido ajena sé poco y nada.
Mas nunca se dieron por vencidos,
jamás flaquearon;
ante la primera frustración,
como frente a los vientos huracanados,
apenas cedieron un palmo.
Probaron frente a una tropilla domada,
aferrados a un alambrado
junto a un nido de hornero vacío.
Lo intentaron hacer tras un bosque de eucaliptos ,
ni correr detrás de una segadora
les arrimó las ganas;
o dentro del tanque australiano lleno de agua verde, en pleno verano:
nada de esto funcionó ni les trajo un poco de alivio,
como le atrae un aguacero
al campo en pleno verano.
Dos por tres se dan una escapada
a alguna de esas fiestas provinciales:
como la de la papa
o la del morrón colorado.
Con solo ver a esa gente rumbeando toda
para el mismo lado,
hipnotizadas por las luces
de un parque de diversiones,
ahí siempre se encuentran un lugar
detrás de un puesto de panchos de campo
o arrimados a una antigua pared de barro
que da a lo oscuro, o al descampado.
Es como si regresaran a sus mejores bríos,
recuperaran su mejor versión,
y sus peores temores estuviesen intactos.
Ahí nomás, al fondo del baúl de madera
que una vez abrió la fulana Pandora:
esa que nos maldijo doce años vacas flacas
y uno año bisiesto de yapa.
Pero ahí, en el fondo del tarro,
estaba la esperanza.
Cosa linda, que no conocíamos antes;
es que antes ni esperanza teníamos.
Por pararse en la primera
uno se pierde la moraleja del cuento.
Por apresurado uno se pierde.
Como dicen ahora los post-créditos:
"Pará, pará, que ahora vienen los fulanitos estos",
y yo ya no estoy para estar tres horas
sentado,para no ir al baño.
Pero al final la Pandora esta
resultó ser buena, como era la gripe antes
que nos tiraba unos dias en cama
pero nos libraba de ir a la escuela.
Para cada julio hay un agosto.
Estos dos fulanos no podían estar
muy lejos de un pueblo,
y venían para quererse un poco más,
porque eran unos exhibicionistas.
Exhibían su amor como quien tiene una pilcha nueva.
Porque, ¿quién se va a poner una pilcha nueva
para estar dentro de su rancho,
por sentirse a gusto nomás?
Ya no hay intimidad.
Como dicen ahora: todo está en las redes.
Hasta le hemos perdido el gusto al locro
si no está en Instagram, ese boliche
de moda al que todos van
y yo no he ido ni una sola vez.
