miércoles, 3 de junio de 2026

Pozo rustico, bajo la luz cálida

Por fin había llegado.
Tantos preliminares, nada casuales,
para terminar en esta noche,
en este mismo cuarto.
De pie, delante del nicho de roble,
ella ya desnuda lo esperaba,
tendida de caderas
sobre la aterciopelada noche
y sus pies elevados, colocados estratégicamente
sobre los hombros de su esperado mancebo.

Le quitó las bragas, el último bastión
de su dignidad profanada.
Deslizo su nariz, sobre la tela de fino encaje
como quien descubre los atributos
de un vino
desde los fulgores de una copa.

Puso sus manos oscuras, profanas,
sobre la piel blanca, como recién
llegada de la distante Europa.
Abrió sus labios de la vagina recién descubierta
y allí vio para sus adentros, como quien
se asoma al pozo de agua de un aljibe
para pronunciar su eco:
y ahí mismo él estaba,
su imagen retratada desde arriba
abriendo esa misma vagina
infinitas veces.
Tantas, que le resultó imposible
descubrir sus comienzos.




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