Ella amaneció temprano;
solo una tela vaporosa la cubre en el balcón.
Curiosa, observa cómo los buques salen
de la bahía y pasan bajo
el puente que cruza el río de arena y barro.
Se hacen diminutos, casi insospechados
al posarse sobre el horizonte.
—Nadie ha llegado tan alto —le digo—.
Solo las golondrinas, sobrevuelan este balcón.
Caer desde estas alturas
te mataría —le comento,
para que se aleje de la orilla.
—Vivir en el suelo me mataría.
No lastima tanto el golpe
como el lugar, el destino donde caes.
Caer me mataría
una vez que he llegado tan alto.
Dicho esto, se elevó
sobre sus pies...
para sellar este silencio
con un beso.

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