Es hora de un simpático recreo
y los púberes atienden este período
de distracción, caminando por el patio
en una zona arbolada llamada parque,
y otra por una galería de cielorazo de madera
y techo de teja.
Me acerco para oír lo que discute
esta simpática pareja en la puerta del bufet.
La niña tiene en su mano un arrollado de jamón
y queso, y en la otra una pequeña botellita
de una popular gaseosa. El otro personaje en cuestión
es un niño un poquito más menudo; luce pecas
en el rostro y un corte de cabello tipo taza,
dejando sus dos orejas a la intemperie,
al desamparo de lo que un dia fue, un cabello largo,
y una separación en sus dientes
que le da un aire caricaturescoa su sonrisa.
Tiene pantalones
cortos que no cubren sus tobillos
y lo que parece ser un libro de física cuántica
en una de sus manos, que recientemente
ha retirado de la biblioteca. Ahí están los dos
conversando. Hagamos silencio
para escuchar de qué hablan.
—Una personita gorda,
obesa, come hidratos de carbono
en cantidades industriales
de comida procesada, para llenar
ese vacío de afecto que tuvo
en su temprana infancia.
Ese dolor no se colma
comiendo papas fritas
a la salida del cine.
—Una persona estúpida,
que carece de una inteligencia
inferior a lo normal,
a la de un chimpancé,
e indefinidamente inferior
a la de sus congéneres.
No porque se cayó tempranamente de su cuna
o le faltó oxígeno en su placenta
cuando ni siquiera era una persona,
sino porque careció
de un desarrollo cognitivo,
aprendizajes y juegos, y porque jamás
fue escuchado; y oculta
ese déficit de atención filio-parental diciendo estupideces,
sandeces, al primero que se le cruce
en su conflictiva realidad.
Así que hacete a un lado
si no querés que te haga tragar
de una trompada ese libro
que seguro no leíste,
porque estoy segura
que no lo entenderías.
Chau, ya no quedan más arrollados,
me llevo el último, hasta mañana.
Creo que aquí nació el amor.
