Sería muy egoísta
de mi parte
decir que vivo en una pecera,
en una esfera de cristal
con agua y un galeón hundido en su fondo,
sin describir el mundo
en el que vive mi amada.
Como no distingo los centímetros
de los metros, salvaré esta distancia
diciendo que su cuarto, su hábitat
de emperatriz de las hadas,
es mucho más chico que un océano
pero no mucho más grande que una pecera.
Se puede decir que disfruta de los techos
de una ciudad antigua y a la vez moderna,
querida y deseada por las multitudes,
que en parte por yuxtaposición
ese deseo, se lo brindan a ella.
Que sus luces también la deslumbran,
de una buena vista de su ventana;
pero por las noches duerme en penumbra:
en su velo no se cuela
ni una lumbre de una estrella.
Disfruta de las luminarias de una torre
que, a mi padecer,
se me antoja distante y lejana,
y estrambóticamente iluminada.
Como si tuvieran miedo,de una de estas noche
se les fuera a perder,
caerse del mapa.
Pero no soporta sus días estivales.
No por eso ha perdido sus encantos:
el eco de sus pasos sobre el empedrado.
Como no tengo ovarios,
desconozco qué significan sus dolores,
que ella comúnmente padece
convaleciente en una cama,
sin aliento, con la sola compañía
de un pequeño molino de viento
que despotrica su brisa sobre su cara
y una bolsa de goma recientemente
sacada del refrigerador,
fría como vientre de sapo.
Me duele este amor de cristal,
esta pecera mal decorada,
este laberinto de días y noches,
cuando ni siquiera sus ojos soñadores
me miran,
cuando me alimenta con un solo desdén,
como quien deja caer
una lluvia de hojas secas
sobre un espejo de agua.

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