viernes, 26 de junio de 2026

Hay una mosca en el colectivo.

Hay una mosca en el colectivo.
No sé en qué momento subió.
Ella vuela en sentido contrario
al que avanza el colectivo,
como si buscara un asiento,
una ventana abierta.
Debería haber carteles para moscas,
así ellas sabrían por dónde bajar.

La mosca se impacienta
porque ve campo y campo.
¿Será una mosca de ciudad?
Es aquí donde tiene que bajar.
Aunque la mayoría de los asientos
están vacíos,
la mosca no se sienta.
No quiere acostumbrarse a esta comodidad
de viajar sentada.
«Tiene alas», pareciera decirme,
que no soporta esta demora.
Ahora mira la ventana que da al sol,
ahora se posa en el vidrio de la otra.
Pareciera ser la única
que no soporta el encierro.

Yo miro dónde tengo que bajar.
Me levanto, me aproximo a la puerta, toco timbre.
Espero que el colectivo se detenga.
La puerta se abre.
Espero que la mosca baje.
Ella me ha observado todo este tiempo;
agradece que le permita bajar primero.

El colectivo se va.
Yo miro a mi costado,
espero al cruzar.
Ya no la encuentro.
Una mosca pasa desapercibida en la ruta.
¿Cómo sabré que es la misma mosca
si la encuentro en otro viaje?
Esta mosca era distinta a las otras.
Algo me dice que sabía adónde iba.




No hay comentarios: