miércoles, 28 de enero de 2026

Los sueños de Neptuno

 



Stydio tiene un sueño.
 Está en una ciudad en plena noche.
 Es el final de una reunión, un happening. 
 se encuentra en un lugar extraño, sin referencias. 
A su alrededor hay un grupo. 
 Cinco mujeres cuentan las monedas
 lo poco que tienen para llamar un taxi
que los deje en una estación
 Un lugar que podría ser Brandsen: puro campo
Stydio hace la cuenta. Somos seis personas
Ningún coche nos va a llevar a todos.
 Sin dudarlo, decide emprender el camino solo.
 Camina. Pregunta a un lugareño por dónde llegar.
 El hombre le dice que el destino está cerca, 
 pero que debe seguir siempre recto. 
 No importa si no hay calle. un paredón de por medio. 
Siempre recto. Y así comienza. 
Sube a unos tablones que se elevan sobre los tejados,
 que van por encima de las casas del vecindario.
 Baja por toboganes improvisados. 
 Salta donde ya no hay puente. 
 Hasta que se queda sin fuerzas.
 Hasta para mantenerse de pie.
 Pero no se detiene. Se arrastra. Gatea.
 Hasta donde ya no hay puentes ni pasarelas,
 solo un patio solitario
 donde una mujer riega sus plantas bajo la luna.
 —Buenas noches —murmura Stydio, jadeante
 —. ¿Sabe cómo llegar a la estación? 
La mujer responde en malos modos: 
—No conozco ningún camino que lo lleve allá. 
 Vuelva por donde vino. Lo seguro es por donde vino.
 Stydio no se mueve.
 Permanece allí, en su patio, inmóvil como una estatua de sal.
 La mujer suspira, molesta, y le dice a un niño: 
—Ábrele la pared. El niño acerca una llave a la pared.
 La inserta en la textura del ladrillo. Gira. 
 Y la pared se corre, junto con una ventana
 que se desliza como si nunca hubiera sido muro.
 Stydio pasa. Entra a la casa. 
Sigue gateando. 
 Se arrastra por los rincones oscuros, 
 por pasillos cenagosos.
 hasta que de repente, se encuentra dentro de un baño.
 con una joven que se esta dando una ducha.
 Stydio, permanece de cuclillas,
 primero ve una vagina enjabonada.
 Luego un ombligo con jabón. 
 Dos pechos que brillan bajo el agua tibia. 
 Y la cara de la joven que le sonríe.
 y Stidio que  dice—De acá no me voy más… 

 Fin del sueño. Epílogo. 
Stydio despierta. Con el sueño aún pegado a la almohada, 
 decide acudir a un psicólogo
 para que le interprete aquella travesía nocturna.
 El facultativo le cobra noventa mil pesos.
 Un poco más de lo que le hubiese costado
 un taxi en el sueño. 
Le narra entonces cada detalle: los tablones sobre los tejados, 
los toboganes improvisados, la pared que se corre con una llave,
 el gateo por rincones húmedos, hasta llegar al baño
 y a aquella joven bajo la ducha.
 El psicólogo escucha en silencio. 
 Consulta sus notas para sí.
 —En su sueño usted busca una estación… 
 pero en realidad lo encuentra es a una mujer.
 a final del sueño
 La estación fue solo una escusa de su inconsciente. 
La estación no es un lugar: es un cuerpo.
 Un refugio, Su laberinto. Hace una pausa. 
Cruza las manos sobre la libreta.
 —En realidad viva más… y interprete menos.
 Los sueños, sueños son. 
Stydio asiente. 
 Paga los noventa mil pesos. Sale a la calle.
 Y por primera vez en sus setenta años,
 pudo caminar sin la necesidad de tener que ver, donde pisa
 Si prestarle atención, a las juntas de las baldosa.


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