Por las noches
Entro en las casas de los poetas.
Que son seres muy confiados.
Duermen abrazados a su llama sagrada.
Fascinados en la penumbra de un espejo.
Y tomo unos de sus poemas.
Con la complicidad de la noche,
la luna como intriga
Que generalmente los dejan
a la merced del silencio de una mesa
En la altura de una repisa.
Donde reposan en anaqueles olvidados.
Juntos a rotas esperanzas.
Sobre la mesada de una cocina
Arriba de una olla tapada de humeante caldo.
Con el ungüento, alguno de mediodía.
A veces entreveo en la distancia la necesidad.
Dejarles algún escrito, que sepan mitigar el faltante.
Que sepa ocultar mi timo.
Que cercene la culpa.
De mi alma de renegrido.
Que acuna, los de los otros, como propios.
Y pone los propios, en libros ajenos.
Que nadie dé cuenta de mi error.
Ni mucho menos, que soy poeta.

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