miércoles, 25 de febrero de 2026

Hamburguesas

Hamburguesas


 

Hamburguesas 
un pan, cien gramos de res
 asada a la plancha, vuelta y vuelta.
 Pepinillos con aros de cebolla
 y un tomate en rodajas finas.
 Película
 un héroe y un villano,
 una trama con un desenlace
 y un final.
 Hamburguesas y películas
 son dos cosas que saben hacer
 los yanquis.


lunes, 23 de febrero de 2026

Stydio ante la justicia.

Stydio ante la justicia.




 Porque la identidad 
de un hombre
 está en sus palabras
 más que en sus retratos;
 por estas mismas me presento.
 Buenos días.
 ¿Quién soy? ¿Qué hago?,
 me pregunta usted.
 Y usted, que es la Justicia...
 me siento honrado
 de estar ante su puerta.
 Dirán 'la justicia de los hombres' 
como si existiese de la otra.
 Para mí, Dios y los hombres
 son la misma cosa.
 Nunca me hallé ante la justicia
 de los malvones; quizás
 una que otra avispa me picó
 con justicia alguna vez. 
quizás infligir el dolor a los otros
 sea lo mas justo en esta vida. 
como infligir su azar sea lo más poético.



viernes, 20 de febrero de 2026

Con el tiempo

 



Con el tiempo,
 su rostro, sus gestos,
 y sus rasgos,
 se van asemejando,
 al de su madre. 
Solo que su madre,
 se opero la nariz de adolescente, 
y agrego dos medida de busto,
 y se saco dos talles de cintura.
 Su cuerpo se asemeja
 a un maniquí de madera
 90 de busto, 60 de cintura, y 90 cadera 
Es perfecto para el calce de un vestido,
 pero muy poco practico, para la vida diaria 
Al menos, flota si se cae a una pileta.



miércoles, 11 de febrero de 2026

¡Chau, Sergio!

 

¡Chau, Sergio!

Sergio tiene un kiosco.
Vende los cigarrillos a 1500 pesos.
Pero si Sergio te conoce, te cobra  800.
¡Chau, Sergio!
Le dice la gente.
cuando Sergio
 Le cobra de menos.



viernes, 6 de febrero de 2026

Calor. Ya nada deja de ser importante

 

Calor. Ya nada deja de ser importante

Calor. Ya nada deja de ser importante, 
por lo menos hasta que pase el calor.
Abandonado el pudor por algo
 que nos quite el calor,
 el sueño de esa pileta olímpica
 de seis escalones, a la vera de una mansión,
 por esta otra de lona,
 un poco más chica, 
pero no por eso menos refrescante.
 No importa que ya no esté en el fondo de casa 
sino en el frente, pegada a la reja,
o en la calle, como un coche mal estacionado. 
“Es para los chicos”, nos dice el hombre 
que tiene medio cuerpo dentro de la pileta,
 mientras se refresca tomando  una  cerveza en lata
 y mira unos videos la tele
 que sacó fuera de la casa; 
con sus colores qled palideciendo a la resolana,
 como un enfermo después de una temporada
 sin ver el sol.
 Es ahora cuando extrañamos
 la sombra de nuestra planta del paraíso del fondo de casa,
 con los macetones color terracota y los muebles de jardín; 
y los plantines con sus flores 
 que regábamos a la hora de la fresca. 
Que es donde vive ahora la Lili
 con nuestros tres nietos, que, 
pobrecitos, no saben qué es no tener un día
sin pasar calor,
 salvo cuando refresca,
 que es cuando se mueren de frío.
 La gente desconoce su edad,
 no tiene el paradero de la edad que tiene;
 su cuerpo, tan alejado de la estética
 como de su armonía. 
Aquí es cuando se nota —previa visita al médico—
 nuestra falta de glóbulos rojos,
 los estragos de una sociedad moderna, orientada al consumo, 
que ya no cubre nuestras extensiones de pelo
 ni tarjetas bancarias.
 “El color cuero quemado es el color del verano”,
 dice la radio, que no se ha olvidado 
de decirnos boludeces que repite todo 
el santo día como un loro rayado.
 El color cuero es el color del verano
 transpirado, choreando la gota gorda,
 después de haberse clavado dos choripanes
 con bastante chimichurri, de parado;
 tostado, más o menos quemado,
 vuelta y vuelta,
con un par de sillas y una que otra sombrilla,
 rezago de algún boliche,kiosco que fundió.
 Por eso
 los elefantes marinos,
 los lobos de ideen lugar 
 y las focas —que supongo que también son de mar—
 suben a los acantilados,
 la zona más inhóspita de la playa,
 y desde esas alturas nos observan
 cual especie evolucionada que son. 
Desde lejos nos miran asombrados: 
“Esta fauna es peor que la del año pasado, 
cada vez vuelven peores”.
 Son como las tortugas, vuelven año tras año
 a poner sus huevos en la playa.
 Son tan peores, que ni el mar los mejora; 
no hay mar con qué darles. 
“Manténganse distantes”, dice Papá Lobo
 a la manada más joven y a sus crías. 
“No les den bola, que enseguida
 van a venir a querer vendernos algo
 como la libertad o la lucha de clases. 
Si no, miren a la tía Nora, 
que les llevó el apunte
 y ahora está trabajando en Mundo Marino,
 lejos de un acantilado, como de una puesta de sol,
 por un arenque y una sardina. 
Hagan ruidos guturales, fuertes rugidos guturales…
 Eso los aleja”.

 Esta lámina se escribió
 cuando en la zona hacía mucho calor,
 las calles se derretían por los efluvios del dios Febo, 
y los que habían hecho las cosas bien durante el año 
—según rezan las normas de Papá Capital—
 estaban metidos en el mar, en  playas 
de arenas más o menos amarronadas,
 con los pies en el barro, pero frescos.
 Y se publicó cuando vino la fresca
  y dejamos de usar la heladera;
  para pasar a  taparnos con frazada
 y volver al uso y de  cuellos polares.
 Y los que se quedaron en el agua
 por puro snob o capricho,
 se enfermaron de una severa pulmonía.
 Y es por eso, que es política editorial
 no publicar esta clase de poemas que hablen,
 ni se soslayen sobre el tiempo ni la política,
 que por aquí —o sea, por esta zona— es tan cambiante.
 Son poemas que no tienen mucha raigambre, 
que pierden su vigencia
 con la primera estación del año.

lunes, 2 de febrero de 2026

Me revienta

 

Me revienta



Me revienta 
 Cada vez que quiero intimar.
coger un buen rato,
 disfrutar de una cena 
con la única lumbre de unas velas.
Tenga que jugar primero, 
con tus autitos.
Pasearlo largas horas por el patio.
 Hacer como que me interesa.
Escuchar tus historias.
 Subida arriba de un árbol.
Ver las últimas de tus figuras de contrabando.
Mientes cada vez que quieres algo.
 Me robas mi atención, pero nunca un beso.
No sé qué quieres, me confunde tu proceder.
Me llamas, te preocupas.
Cuando notas mi ausencia.
Al mes... Después de dos años
 Me revienta que no quieras crecer.
Que con los años no hayas cambiado.
Que un pozo no te haya tragado.



miércoles, 28 de enero de 2026

Los sueños de Neptuno

 



Stydio tiene un sueño.
 Está en una ciudad en plena noche.
 Es el final de una reunión, un happening. 
 se encuentra en un lugar extraño, sin referencias. 
A su alrededor hay un grupo. 
 Cinco mujeres cuentan las monedas
 lo poco que tienen para llamar un taxi
que los deje en una estación
 Un lugar que podría ser Brandsen: puro campo
Stydio hace la cuenta. Somos seis personas
Ningún coche nos va a llevar a todos.
 Sin dudarlo, decide emprender el camino solo.
 Camina. Pregunta a un lugareño por dónde llegar.
 El hombre le dice que el destino está cerca, 
 pero que debe seguir siempre recto. 
 No importa si no hay calle. un paredón de por medio. 
Siempre recto. Y así comienza. 
Sube a unos tablones que se elevan sobre los tejados,
 que van por encima de las casas del vecindario.
 Baja por toboganes improvisados. 
 Salta donde ya no hay puente. 
 Hasta que se queda sin fuerzas.
 Hasta para mantenerse de pie.
 Pero no se detiene. Se arrastra. Gatea.
 Hasta donde ya no hay puentes ni pasarelas,
 solo un patio solitario
 donde una mujer riega sus plantas bajo la luna.
 —Buenas noches —murmura Stydio, jadeante
 —. ¿Sabe cómo llegar a la estación? 
La mujer responde en malos modos: 
—No conozco ningún camino que lo lleve allá. 
 Vuelva por donde vino. Lo seguro es por donde vino.
 Stydio no se mueve.
 Permanece allí, en su patio, inmóvil como una estatua de sal.
 La mujer suspira, molesta, y le dice a un niño: 
—Ábrele la pared. El niño acerca una llave a la pared.
 La inserta en la textura del ladrillo. Gira. 
 Y la pared se corre, junto con una ventana
 que se desliza como si nunca hubiera sido muro.
 Stydio pasa. Entra a la casa. 
Sigue gateando. 
 Se arrastra por los rincones oscuros, 
 por pasillos cenagosos.
 hasta que de repente, se encuentra dentro de un baño.
 con una joven que se esta dando una ducha.
 Stydio, permanece de cuclillas,
 primero ve una vagina enjabonada.
 Luego un ombligo con jabón. 
 Dos pechos que brillan bajo el agua tibia. 
 Y la cara de la joven que le sonríe.
 y Stidio que  dice—De acá no me voy más… 

 Fin del sueño. Epílogo. 
Stydio despierta. Con el sueño aún pegado a la almohada, 
 decide acudir a un psicólogo
 para que le interprete aquella travesía nocturna.
 El facultativo le cobra noventa mil pesos.
 Un poco más de lo que le hubiese costado
 un taxi en el sueño. 
Le narra entonces cada detalle: los tablones sobre los tejados, 
los toboganes improvisados, la pared que se corre con una llave,
 el gateo por rincones húmedos, hasta llegar al baño
 y a aquella joven bajo la ducha.
 El psicólogo escucha en silencio. 
 Consulta sus notas para sí.
 —En su sueño usted busca una estación… 
 pero en realidad lo encuentra es a una mujer.
 a final del sueño
 La estación fue solo una escusa de su inconsciente. 
La estación no es un lugar: es un cuerpo.
 Un refugio, Su laberinto. Hace una pausa. 
Cruza las manos sobre la libreta.
 —En realidad viva más… y interprete menos.
 Los sueños, sueños son. 
Stydio asiente. 
 Paga los noventa mil pesos. Sale a la calle.
 Y por primera vez en sus setenta años,
 pudo caminar sin la necesidad de tener que ver, donde pisa
 Si prestarle atención, a las juntas de las baldosa.


viernes, 23 de enero de 2026

El primero de enero

 

El primero de enero


El primero de enero
 Encontré un fuego artificial caído en el patio.
Que no pudo llegar a los cielos.
Estaba tirado en el pasto.
Su fuego no quemaba,
 sus luces desentonaban. 
Se opacaban con la luz del sol.
Al verme, se refugiaba entre las matas del jardín.
Esperaba que me fuera. 
Para salir a comer juntos con los gorriones.
Los gorriones de a poco le fueron aceptando,
 en su grupo.
Sus azules intensos de estrellas multicolores 
Con el correr de las horas se iban acentuando.
 A medida que se iba oscureciendo la tarde 
Sus tonos eran más vivos.
De noche era una luz más. 
Que dormitaba junto a los árboles.

miércoles, 21 de enero de 2026

Robo poemas.

 

Robo poemas



Por las noches
 Entro en las casas de los poetas.
Que son seres muy confiados.
Duermen abrazados a su llama sagrada.
Fascinados en la penumbra de un espejo.
Y tomo unos de sus poemas.
Con la complicidad de la noche,
la luna como intriga
Que generalmente los dejan
 a la merced del silencio de una mesa
En la altura de una repisa.
 Donde reposan en anaqueles olvidados.
Juntos a rotas esperanzas.
Sobre la mesada de una cocina
Arriba de una olla tapada de humeante caldo.
 Con el ungüento, alguno de mediodía.
 A veces entreveo en la distancia la necesidad.
Dejarles algún escrito, que sepan mitigar el faltante.
Que sepa ocultar mi timo.
Que cercene la culpa.
De mi alma de renegrido.
 Que acuna, los de  los otros, como propios.
Y pone los propios, en libros ajenos.
Que nadie  dé cuenta de mi error.
Ni  mucho menos, que soy poeta.


lunes, 19 de enero de 2026

Silicon doll

Silicon doll



Stydio se compró una muñeca de silicona.
De esas que ahora tienen inteligencia artificial.
No es como las de antes, que solo sabían. 
 Gemir con voces pre dictadas
Al principio fue un secreto a voces.
Una voz que se corría por los pasillos.
Un rumor que trajo el viento.
Pero ahora que todos lo saben.
Los que sus familiares no  soportan.
Es que la lleve los días domingo a la comida familiar.
Por supuesto que la muñeca no come.
Pero no quieren herir los sentimientos de Stydio.
 Rechazarla abiertamente 
sería cómo discriminarla,
 porque, al fin y al cabo,
La muñeca es ya, como parte de la familia.
Pero lo que no soportan
 son esos gestos, robóticos
 condescendientes de enamorados.
Que tiene la muñeca con Stydio 
De darle de comer en la boca.
 De cortarle la comida, en trozos pequeños,
 con tenedor y cuchillo,
y limpiarle la boca con una servilleta.
Tiene altos conocimientos de filosofía, astronomía y política.
Mantiene una mirada firme y condescendiente.
Además, en la casa, esto lo cuenta Stydio.
Limpia, lava y hace la comida.



miércoles, 14 de enero de 2026

Me arden las orejas.

 

Me arden las orejas.


Me arden las orejas.
Ella tiene un muñeco mío.
Un símil de cuero
Que amasa y apelmaza por su piel.
Como si fuera un dios.
 Que necesita el calor de su cuerpo.
Para volver a creer
Un dios poco frecuente
Que se niega a ser un adorno más,
fuera de su cama.
Pero como todo lo falso no muere.
El calor pareciera beneficiarla.
No necesita mucho más.
 Para llegar a su clímax.
—Olvídate de mí —le dice a esa angustia.
Que tiene entre sus piernas
Ese vacío de tiempo que no prevalece.
 Que no se hace fiesta.
 No se conmemora a sí mismo.
 Hay tanto adorno inútil.
Ella quisiera tener un símil de su vagina.
Puesta  en la puerta de su casa.
Como se tiene una corona de muérdago.
De su pelo vaginal, les podría decir a los niños.
Como si fuera barba de choclo
 —¡Basta, basta,que voy a enloquecer!
 Le dice a ese espejo que la juzga sola. 
Esa voz que repite lo que ella misma se dice.
Esos dedos que no dejan de insistir.
 Hoy pareciera no rescatarla nadie.
De esa ventana cerrada
Cuando prevalece la resolana. 
Salvo la noche, cuando se escucha que la llama.
Tan angustiada con su voz. 
De este sopor de un enero poco frecuente.
Que la encuentra vencida, abatida.
 Como si fuera su segunda piel. 
Ni ese vendedor ambulante. 
Que pasa por su calle
Ofreciendo churros,
pan casero, huevos frescos.
Le devuelve a la realidad. 
De hablar con alguien. 
 Que por lo menos esté vivo.

lunes, 12 de enero de 2026

Conciencia de chimpancé

Conciencia de chimpancé



En una de esas reuniones, informales
 Que lleva a cabo los primitivos
donde adoran al fuego. 
Sentados en un semicírculo. 
Bajo los árboles con un techo azul de cuerpos celestes
Dijo esa vez El Gran Chimpancé naranja.
A su cofradía junto al  fogón. 
Que no cree en las leyes.
En los libros de letras doradas.
Que los antiguos acuñaron. 
A punzón y martillo sobre la piedra.
Que su temperamento, su imperio. 
Se rige ya no por las leyes.
Sino por su conciencia.
-Es el principio del buen salvaje.
Se dijo para sí Stydio
Y apago la compu.

Decepción y fuga
Studio, creía que su pueblo
Era un pueblo indómito y salvaje.
Como dice el vulgo, ingobernable.
Más propio de la extensión de la pampa.
Esa tierra que lo vio crecer, que de la gran ciudad.
Donde vive El Gran Chimpancé naranja.
Su pueblo pampa resultó ser, a la postre, a los hechos.
Un pueblo domesticado por El Gran Chimpancé naranja.
Por migajas, que más tarde que temprano.
Caen de su mesa. A cambio, una salud primaria
una educación con taparrabos y la entrega de la ciencia.
 que siempre les fue esquiva, salvo
La de la rueda y el fuego.
Que El Gran Chimpancé naranja.
Blande por las noches sin luna.
Para aterrorizar a sus congéneres y pueblos lejanos.
Decepcionado por esta realidad.
La que acabo de describir y no otra.

Stydio reflexiona sobre los chimpancés.
Un chimpancé tiene la fuerza de cinco hombres.
 Que no van a la cancha y se la pasan todo el día.
Jugando al Family y piden pizza por delivery.
Tiene la mordida, que arrancaría de un bocado. 
Un hueso más duro.
Sus garras, por su estilo de vida arbóreo.
Se sostienen con una fuerza de atracción. 
Mayor que cualquier autoridad aduanera.
 Que le permite realizar proezas de salto y escalada.
 Que ningunean las proezas de nuestros mejores atletas.
Son animales salvajes que la gente 
 Aprendido a domesticar, por la gracia de vestirlos.
 Por mimetizarse con ellos, frente a un espejo.
Con su fisonomía, más propia del amor.
Que la un animal terrible.
Pero hay un tema con los chimpancés. 
 Domesticado o no.
Que hay un momento  que un chimpancé
Por una mirada, un cambio en la jerarquía o el estrés acumulado.
(cuando tienen las bolas llenas)
Llevan entre sus congéneres a pelear.
En luchas fratricidas, encarnizadas.
de ataque de grupos coordinados de chimpancés.
Que suelen ser mortales y feroces. 
 Más propio de masacres, guerras humanas
.Que de la conciencia de un buen salvaje.

 Cuando se encuentra en cautiverio.
 Y no ya encerrado en una jaula, con cuatro candados y un cerrojo.
Domesticado, suelto, en una habitación, 
de un momento a otro.
 Le suele dar estas rabietas, con ataques de ira. 
 Arrancan grifería de un golpe.
Romper cortinados subiéndose sobre las ventanas, 
 los muebles.
Arrojan las baratijas, adornos, recuerdos, que su dueño
Trajo del mar del tullo, al suelo.
 Y lo que está en el suelo.
 Lo tira para arriba, haciendo malabares, con cuchillas
y licuadoras,
 todo esto emitiendo ruidos.
Y chillidos acusatorios.
Cuando se encuentra solo con su destrucción.
Solo ahí se detiene.
Y no por el cansancio o una culpa que lo atormenta.
No, solo aguarda, que venga ese otro, con el que convive.
Y lo aguardará solicitando su perdón.
Con modos tan sumisos, que no nos dejara.
 Ninguna duda de su arrepentimiento. 
No confíe, solo detiene su tiempo.
Para que usted se acerque. 
Su mansa y desprotegida garganta.
 Que destrozará en el primer descuido, de un zarpazo.
De un momento a otro su cuerpo se desangrará.
En el suelo y sus últimas imágenes. 
Que se llevará en esta vida.
Será a un chimpancé enloquecido. 
Haciendo art déco, con su sangre. 

Epilogo, final y mejor comienzo.
Si usted tiene un chimpancé domesticado o salvaje.
En su casa, vivienda única, departamento.
¡No vuelva ahí!
 Tire la llave en el primer desagüe que encuentre.
Y huya, corra,corra por su vida.
 Que por momento y solo por momentos.
 Se encuentra a salvo.


viernes, 9 de enero de 2026

Los Premios

 

Los Premios


Aquellos que reparten las guerras,
el hambre por el mundo.
También reparten los Premios.