Una casa a las afueras de la ciudad, con un pequeño cementerio medieval adosado a su parque; con unas cuantas tumbas de piedra al lado de un árbol que desprende su follaje otoñal al suelo.
Moran alli, viejos ancestros, que vinieron a conquistar esta tierra con biblia y espada, e indios que se hicieron una cena con ellos.
Descansan en un sueño eterno, donde por las noches, flotan sábanas sin que haya viento, y donde el amor, irremediablemente, se vuelve tóxico.
En los sótanos, el aire gélido se adoctrina con el encierro y baja la tensión de la luz cuando no hay consentimiento.
En el parque hay unas estatuas que no ven, no escuchan ni dicen nada.
Hay unas ranas que le hacen corro al silencio y unos pequeños grillos que cantan;
viven, todavía no se han muerto.

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